{"product_id":"salud-con-la-edad-healthy-aging-isbn-9780307275608","title":"Salud con la edad \/ Healthy Aging","description":"\u003ci\u003eLa curación espontánea...Salud total en 8 semanas...Eating Well for Optimum Health...The Healthy Kitchen\u003c\/i\u003e...en cada uno de sus admirados bestsellers, el Dr. Andrew Weil combina enfoques tradicionales y no tradicionales de la vida saludable. Su nuevo libro, \u003ci\u003eSalud con la edad\u003c\/i\u003e,  está basado en la creencia del Dr. Weil de que hay mucho que podemos hacer para mantener el buen funcionamiento de nuestros cuerpos y mentes en todas las fases de la vida, aunque el envejecimiento sea un proceso irreversible.  Enormemente informativo, práctico y estimulante, está repleto de la simpática franqueza y del sentido común que han caracterizado todos sus libros.\u003ci\u003eSalud con la edad\u003c\/i\u003e   explica cómo envejece el cuerpo y describe diversos posibles elíxires para extender la vida –hierbas, hormonas, «medicinas» anti-edad, remedios naturales–, separando los mitos de los hechos, y delineando la diferencia entre ideas falsas y posibilidades reales. También detalla una dieta fácil que protege el sistema inmunológico y ayuda al cuerpo a ser más resistente. Ofrece gran cantidad de consejos prácticos sobre ejercicios, cuidados preventivos, control del estrés, y crecimiento espiritual, todo lo cual puede ayudarle a obtener una salud óptima durante el proceso de envejecimiento.\u003ci\u003eSalud con la edad\u003c\/i\u003e –un libro para personas de cualquier edad– es, hasta la fecha, el libro más importante y de mayor alcance de Andrew Weil.\"Es el pionero de la medicina integrativa, la cual combina métodos clínicos tradicionales con curaciones alternativas y remedios herbales... Él ha tocado un nervio de la medicina\". –\u003ci\u003eUSA Today\u003c\/i\u003e“El Dr. Andrew Weil es un fenómeno extraordinario”.  –\u003ci\u003eThe Washington Post\u003c\/i\u003e\u003cb\u003eAndrew Weil\u003c\/b\u003e es autor de diez otros libros. Graduado en medicina de la Universidad de Harvard, actualmente se desempeña como profesor de medicina  y director del Programa de Medicina Integrativa de la Universidad de Arizona. Igualmente, El Dr. Weil es autor del boletín mensual \u003ci\u003eSelf Healing\u003c\/i\u003e, así como de una columna mensual en la revista \u003ci\u003ePrevention\u003c\/i\u003e. Actualmente reside en Arizona.1    La inmortalidad    Pregunta: Si usted pudiera vivir eternamente, ¿lo haría, y de ser así, por  qué?    Respuesta: No querría vivir eternamente, porque no deberíamos. Si  tuviéramos que vivir para siempre, entonces viviríamos eternamente. Pero  no podemos vivir eternamente, por eso yo no querría vivir eternamente.    —Miss Alabama, en el concurso de «Miss Estados Unidos» de 1994    Nuestra actitud frente al envejecimiento, y nuestra reacción hacia los  cambios que la edad produce en nuestro aspecto están absolutamente  condicionados porque sabemos que nos dirigimos inexorablemente hacia la  muerte. No tengo intención de escribir sobre eso o del miedo a la muerte  en este libro, pero me resulta imposi- ble evitar mencionar ambos  fenómenos como la fuente de nuestros sentimientos negativos acerca de la  edad avanzada, pues están enteramente basados en el miedo.    Algunas especies envejecen más lentamente que los humanos, y otras con  mayor velocidad. He tenido muchos perros a lo largo de los años, y he sido  testigo de cómo mis compañeros caninos crecían, envejecían y morían.  Mientras escribo, contemplo una fotografía de hace varios años de mis dos  ridgebacks de Rhodesia en el porche delantero de mi casa en el sur de  Arizona. Uno es un joven macho, Jambo, que no tendría más de un año cuando  se tomó la fotografía. Está erguido, y es elegante y guapo, con toda la  vitalidad de la juventud. La otra, B.T., tenía más de quince, bastante  mayor para una raza tan grande. Está tendida, y su cara está completamente  blanca. Poco después de esa imagen, no podía levantarse siquiera. Le  proporcioné todo lo que necesitaba durante su declive, pero finalmente  tuve que sacrificarla un día antes de que cumpliera dieciséis años.    Ahora Jambo tiene ocho años, y aún está en su apogeo: elegante, guapo y  vital. Posee una profunda y enternecedora pesonalidad, que hace de él un  compañero animal ideal. La mayoría de la gente que lo conoce comenta el  buen aspecto que tiene, esa perfecta combinación de fuerza y belleza. A  veces, cuando estoy leyendo en la cama por la noche, le invito a que suba  y se eche a mi lado durante unos minutos. Si le acaricio el pecho de una  forma especial, mira hacia el techo y extiende su cuello en una postura de  noble satisfacción que me gusta contemplar. Pero cuando adopta esta  posición, no puedo evitar fijarme en los primeros pelos blancos que han  aparecido en su barbilla completamente negra. Y siempre que los veo,  tampoco se me pasa por alto que cada vez tiene más.    Sé por experiencia que esta suave llovizna blanca anuncia los cambios que  están por venir, y que también llegará el día en que él estará cubierto  por una capa blanca de vejez. Cuando veo las señales de la edad poblando  su fuerte cuello, pienso en mi propio vello facial, que antaño fue negro,  y en el inexorable paso del tiempo y los implacables cambios que atacan  los cuerpos a medida que llega el declive. Pienso en el dolor de perder a  nuestros compañeros, en la separación que soportarán los que me aman y a  los que amo, y en mi propio miedo al final; en fin, pienso en toda la  tristeza que jamás puede desligarse de la alegría de la experiencia  humana. Y estas reflexiones me embargan cuando observo unos pocos pelos  blancos en el cuello de mi perro.    Todos sabemos que la vida tiene un límite, y fantaseamos acerca de la vida  eterna. No es, pues, nada extraño que invirtamos tanto esfuerzo en negar  el hecho de que envejecemos, mediante el uso de cosméticos, cirugía  plástica y pequeñas mentiras («¡qué joven te ves!»). También por eso  caemos rendidos ante las promesas de la medicina anti-edad, que nos dice  que puede detener, e incluso revertir, el paso del tiempo.    La inmortalidad es un concepto muy seductor, pero me pregunto cuánta gente  se ha detenido a pensar acerca de su significado e implicaciones reales,  pues veremos que no es algo tan sencillo. Le invito a analizar la  inmortalidad conmigo, a través del lente de la biología. Aparte de  proporcionarle un marco de reflexión sobre cómo envejecer con salud, le  permitirá familiarizarse con los últimos descubrimientos de los  científicos que estudian el proceso de envejecimiento. Todos los consejos  prácticos que le daré en este libro están basados en estas pruebas  científicas*, y nacen de una filosofía que rechaza la inmortalidad y la  eterna juventud como objetivos vitales que no son merecedores de nuestros  desvelos.    En todos los niveles de nuestro ser, desde nuestras células hasta nuestra  psiquis, existe una tensión entre mortalidad e inmortalidad. Comprender  esta tensión le ayudará a aceptar el proceso de envejecimiento, y le  impulsará a aprender a convivir con él de la forma más digna posible.    Empecemos con la inmortalidad a nivel celular. Hasta 1961, los  investigadores creían, al menos en teoría, que las células normales  extraídas del cuerpo y cultivadas en laboratorios deberían ser capaces de  crecer y dividirse hasta el infinito si se suplían sus necesidades: es  decir, si recibían un suministro de alimentación constante y si se  eliminaban sus residuos. Ese año, Leonard Hayflick y Paul Moorhead, del  Instituto Wistar de Filadelfia, demostraron lo contrario: que todas las  células normales se dividen con el fin de regenerarse, un número  determinado y finito de veces. Esta cifra se conoce hoy como el límite de  Hayflick. Su descubridor, actualmente profesor de anatomía en la Facultad  de Medicina de la Universidad de California en San Francisco, es uno de  los principales biogerontólogos que existen. Su libro, How and Why We Age,  publicado por    primera vez en 1994, es el mejor que he leído sobre el tema, y recomiendo  su lectura.    El límite de Hayflick es distinto según la especie, y a menudo está  correlacionado con la esperanza de vida. Los humanos cuentan con    * Para mayor comodidad del lector, al final del texto se incluye un  glosario con algunos de los términos científicos que emplearé.    un límite de Hayflick de unas cincuenta divisiones celulares, lo que los  convierte en los mamíferos más longevos. Los ratones, que viven un máximo  de tres años, tienen un límite de unas quince divisiones, y en las  gallinas, que pueden llegar a vivir doce años, el límite es de  veinticinco. En el punto más extremo de la longevidad, la tortuga de las  Galápagos, que en ocasiones alcanza los 175 años, posee un límite de  Hayflick de 110.    Las células HeLa, sin embargo, pueden realizar un número infinito de  divisiones. No envejecen. Siguen creciendo y dividiéndose siempre que  tengan nutrientes, oxígeno, espacio y algún medio de deshacerse de sus  residuos. Las células HeLa fueron las primeras células humanas que se  cultivaron fuera del cuerpo humano en grandes cantidades. Debido a su  longevidad, constituyeron una revolución en el campo de la investigación  médica y biológica, y rápidamente se adoptaron en los laboratorios de todo  el mundo. El límite de Hayflick de las células humanas es cincuenta, pero  las células HeLa lo ignoran. En cierto sentido, son inmortales.    Me enseñaron que «HeLa» se compone a partir de las sílabas iniciales del  nombre y apellido de una mujer, Helen Lane, que se suponía era la fuente  original de las células. Más tarde se descubrió que esto no era cierto,  sino que las células procedían en realidad de Henrietta Lacks, una mujer  pobre afroamericana de Baltimore, cuya historia salió a la luz años  después de que sus células se multiplicaran prodigiosamente allá dónde se  estudiaban.    Henrietta nació en el seno de una familia de recolectores de tabaco de  Virginia. Se mudó a Baltimore en 1943 a los veintitrés años, se casó y  tuvo cinco hijos en un corto espacio de tiempo. Luego, a principios de  1951, empezó a sufrir de hemorragias vaginales anómalas. Fue a la clínica  del hospital Johns Hopkins, donde un doctor halló un tumor de aspecto  preocupante de un cuarto de libra (unos 115 gramos) en el cuello del  útero. El médico mandó hacer una biopsia, y envió muestras del tejido para  el diagnóstico. Resultó ser maligno. Poco después, Henrietta regresó a la  clínica para empezar el tratamiento de radiación, pero antes de eso se  tomó otra muestra del tumor y esta vez se envió a George Gey, jefe de la  unidad de investigación de cultivo de tejidos de Johns Hopkins.    Gey, junto con su esposa Margaret, llevaba tiempo en busca de células  humanas que fueran capaces de crecer fuera del cuerpo humano. Su principal  objetivo era estudiar el cáncer con el fin de hallar una cura. La biopsia  de Henrietta Lacks le dio exactamente lo que necesitaba. Sus células  cancerígenas crecían en las probetas como ninguna otra, con vigor y  agresividad. Por supuesto, éstas eran malas noticias para la donante. A  los pocos meses, el tumor de Henrietta había hecho metástasis por todo su  cuerpo, originando tumores en todos sus órganos, hasta que falleció entre  grandes dolores, en una sección racialmente segregada del hospital Johns  Hopkins el 4 de octubre de 1951, ocho meses después del diagnóstico. El  mismo día, George Gey apareció en televisión para anunciar su  revolucionario descubrimiento en el campo de la investigación sobre el  cáncer. Sostuvo un vial que contenía las células de Henrietta, y por  primera vez las llamó células HeLa.    La demanda de células HeLa creció rápidamente. Los Gey enviaron viales a  sus colegas, que a su vez las enviaron a otros, y poco tiempo después las  células cancerígenas de Henrietta Lacks se multiplicaban por los  laboratorios de todo el mundo. Gracias a ellas se descubrió la primera  vacuna contra la polio, y también se utilizaron para estudiar los efectos  de las drogas y la radiación, los mecanismos genéticos y muchas otras  enfermedades. Hasta las mandaron al espacio en un transbordador espacial,  para ver cómo se desarrollaban en la gravedad cero las células humanas  cultivadas. Si se sumaran todas las células HeLa que existen en el mundo,  la cifra superaría varias veces el peso del ser humano del cual  procedieron.    La historia de Henrietta Lacks también plantea cuestiones éticas y  sociales bastante incómodas y delicadas, pues ella jamás dio su  consentimiento ni tuvo conocimiento de que sus células se emplearían de  este modo. Ni ella ni su familia recibieron compensación alguna por el uso  de las células (de hecho no se enteraron de lo sucedido hasta veinticuatro  años después), y ninguno de los científicos que trabajó con las células  HeLa reconoció jamás su papel en la investigación. Pero eso es otra  historia.    ¿Por qué siguen viviendo las células HeLa, quizá eternamente, cuando el  ser humano que las produjo murió hace tiempo, y cuando la mayoría de las  células envejecen después de un número determinado de divisiones? ¿Qué  factor o factores condicionan la cantidad de divisiones que pueden  realizar las células de distintos organismos? Las respuestas están  grabadas en el ADN, nuestro material genético. El ADN está presente en  unas estructuras en forma de barra llamadas cromosomas, que están en el  núcleo de cada célula. Cuando éstas van a dividirse, para iniciar la  reproducción y generar más tejido, los cromosomas tienen que replicarse,  de modo que cada célula hija posea la misma información genética que su  célula original. Las espirales de ADN que componen los cromosomas se  desenroscan de modo que el código genético pueda copiarse para generar  cadenas duplicadas, pero cada vez que el proceso tiene lugar, se pierde  algo: un pedazo del extremo de cada fragmento.    Los cromosomas se interrumpen en una región concreta del ADN conocida como  telómero. El nombre tiene una raíz griega, que significa «cuerpos  finales». Los telómeros se han comparado al fragmento final de plástico en  que terminan los cordones de los zapatos, pero no es un símil correcto,  puesto que no existe ningún extremo. El telómero es más bien una secuencia  repetida de seis «letras» (aminoácidos) del código del ADN —TTAGGG— que en  español podrían traducirse como ELFIN. Esta secuencia se repite miles de  veces en una célula joven. La mecánica de la replicación del ADN implica  la pérdida de una porción del telómero cada vez que se produce una  división celular. En el límite de Hayflick, la longitud del telómero  restante no basta como para que se dupliquen cadenas de ADN sin provocar  graves perjuicios genéticos. De modo que la célula ya no se divide, y  termina su vida reproductiva. Llega la senectud y con el tiempo, la muerte  de la célula.    El descubrimiento de los telómeros y su posible relación con la esperanza  de vida máxima de los organismos, fue uno de los avances más importantes  en el campo de la genética y de la biogerontología. Ha permitido a los  investigadores resolver uno de los grandes misterios del cáncer: cómo  puede ser que las células cancerígenas se vuelvan inmortales y sigan  dividiéndose y multiplicándose hasta matar el organismo en el que surgen.  En 1985, las doctoras Carol Greider y Elizabeth Blackburn informaron que  habían descubierto la telomerasa, una enzima que añade más unidades de  seis letras a los telómeros, compensando así la pérdida normal de fragmen-  tos durante la división celular. La primera vez que detectaron su  presencia fue en un animal unicelular microscópico llamado Tetrahymena,  que vive en los lagos de agua dulce y en los ríos. Se utiliza  habitualmente en la investigación genética, pero desde entonces la  telomerasa también se ha descubierto en muchos otros organismos  multicelulares, incluyendo los seres humanos. Aunque casi nunca está  presente en las células normales, la mayoría de las células cancerígenas  son capaces de producirla.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":46301789159653,"sku":"NP9780307275608","price":19.95,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9780307275608.jpg?v=1767736068","url":"https:\/\/k12savings.com\/products\/salud-con-la-edad-healthy-aging-isbn-9780307275608","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}