{"product_id":"las-francesas-no-engordan-los-secretos-para-comer-con-placer-y-mantenerse-delgada-toda-la-vida-french-women-dont-get-fat-the-secret-of-eating-for-pleasure-isbn-9780307275622","title":"Las francesas no engordan: Los secretos para comer con placer y mantenerse delgada toda la vida \/ French Women Don't Get Fat: The Secret of Eating for Pleasure","description":"Elegante, convincente, sabio, gracioso... y oportuno: así es este nuevo libro que no te obliga hacer dieta, pero que podría cambiar tu manera de pensar y de vivir de manera radical. Las francesas no engordan, pero disfrutan de panes y pasteles, beben vino y cenan comidas de tres platos. Al descifrar los sencillos secretos de esta “paradoja francesa” –cómo hacen para disfrutar de la comida sin dejar de ser delgadas y sanas–, Mireille Guiliano nos ofrece una visión actual y encantadora acerca de la salud y la comida. Cuando era una adolescente, Mireille fue de Francia a Estados Unidos para estudiar, y regresó con muchos kilos de más. Afortunadamente, el “doctor Milagro”, su bondadoso médico de cabecera, fue su salvador. La reintrodujo en los principios clásicos de la gastronomía francesa, ayudándola así a recuperar la silueta e incorporar una nueva manera de enfocar su relación con la comida, la bebida y la vida. ¿En qué consistía la clave? No en sentirse culpable y sufrir privaciones, sino en aprender cómo sacar el máximo provecho de los alimentos que más te gustan. He aquí una manera alegre y positiva de permanecer delgada, los secretos más precio-sos de una cultura adaptados al siglo XXI. ¿Una vida tomando vino, pan e incluso chocolate... sin pecar ni sentirse culpable? ¿\u003ci\u003ePourquoi pas?\u003c\/i\u003e“Para quienes no pueden viajar a Francia cada vez que el vestido les queda apretado... Un libro repleto de secretos para adelgazar”.\u003ci\u003e–\u003c\/i\u003eRevista \u003ci\u003ePeople\u003c\/i\u003e  “Encantador... sin duda éste es el mejor libro de la nueva era para el control de peso”.   –\u003ci\u003eUSA Today\u003c\/i\u003eMireille Guiliano, nacida y criada en Francia, fue a Estados Unidos por primera vez para estudiar y regresó para instalarse allí al principio de su carrera profesional. Es presidenta de Clicquot, Inc., cuya sede central se encuentra en Nueva York y es directora de Champagne Veuve Clicquot en Reims, Francia. Mireille está casada con un estadounidense y la mayor parte del año vive en Nueva York; también viaja con frecuencia a París y por todo Estados Unidos. Entre sus pasatiempos favoritos está desayunar, almorzar y cenar.1    VIVE L’AMÉRIQUE:    EL PRINCIPIO... PESO MÁS DE LA CUENTA    Adoro mi tierra de adopción. Pero primero, como estudiante de   intercambio en Massachusetts, aprendí a adorar las galletas con   trocitos de chocolate y los bizcochos de chocolate y nueces, ¡y engordé   diez kilos!    Mi pasión por Estados Unidos empezó con mi pasión por el idioma inglés;   mi primer contacto fue en el lycée (instituto), cuando cumplí los once.   Después de la clase de literatura francesa, el inglés era mi clase   predilecta, y adoraba a mi profesor de inglés. Nunca había estado en el   extranjero, pero hablaba inglés sin acento francés, aunque tampoco   británico. Lo había aprendido durante la Segunda Guerra Mundial, cuando   estaba en un campo de prisioneros de guerra junto con un maestro de   instituto de Weston, Massachusetts (sospecho que disponían de muchas   horas para practicar). Sin saber si saldrían con vida, decidieron que   si lo hacían iniciarían un programa de intercambio para los alumnos del   último año del instituto. Todos los años, un alumno de Estados Unidos   viajaría a nuestra ciudad y uno de nosotros, a Weston. El intercambio   ha continuado hasta hoy y la competencia por ese puesto es reñida.    Durante el último año en el lycée mis notas eran lo bastante buenas   para presentarme, pero no tenía ganas. Como soñaba en convertirme en   maestra o en profesora de inglés, estaba ansiosa por empezar mis   estudios universitarios en la universidad de la zona. Y a los dieciocho   años, claro, estaba convencida de estar locamente enamorada de un chico   de mi ciudad. Era el chico más guapo, pero hay que reconocer que no era   el más inteligente, y era el coqueluche (el adorado) de todas las   chicas. No tenía la menor intención de separarme de él, así que ni se   me ocurrió presentarme para ir a Weston. Pero durante los recreos en el   patio, nadie hablaba de otra cosa. Entre mis amigas, la que tenía todas   las de ganar era Monique: tenía muchísimas ganas de ir y además era la   mejor de la clase, un hecho que el comité de selección —presidido por   mi profesor de inglés y que entre sus distinguidas filas incluía a   miembros de la Asociación de Padres y Maestros, otros profesores, el   alcalde y el sacerdote católico de la localidad, y el pastor   protestante— no dejó de tener en cuenta. Pero el lunes por la mañana,   cuando se suponía que darían a conocer el resultado, lo único que   anunciaron fue que no habían tomado ninguna decisión.    Ese jueves por la mañana (en esa época no había clase los jueves, pero   sí los sábados por la mañana), mi profesor de inglés se presentó en   casa. Había venido a ver a mi mamá, algo que me pareció extraño   teniendo en cuenta mis buenas notas. En cuanto se marchó con una gran   sonrisa de satisfacción pero sin dirigirme la palabra excepto para   decirme “Hola”, mi mamá me llamó. Algo era très important.    El comité de selección no había encontrado un candidato idóneo. Cuando   pregunté por Monique, mi mamá intentó explicarme algo difícil de   comprender a mi edad: mi amiga tenía todos los puntos a su favor, pero   sus padres eran comunistas, y eso no era aceptable en Estados Unidos.   El comité había debatido largo y tendido (era una ciudad pequeña, donde   todos se conocían), ¡pero inevitablemente concluyeron que una hija de   comunistas nunca podría representar a Francia!    Mi profesor había sugerido que viajara yo, y los demás miembros   estuvieron de acuerdo. Pero como ni siquiera me había presentado, tuvo   que venir a casa y convencer a mis padres para que me dejaran ir. Mi   padre, excesivamente sobreprotector, jamás habría aprobado que me   marchara durante más de un año, pero no estaba en casa. Quizá mi   profesor contaba con ello, pero en todo caso, logró convencer a mi   mamá, a quien le tocó la tarea de convencer no sólo a mi padre sino a   mí. Claro que ella también tenía sus dudas, pero Mamie siempre fue   sabia y con visión de futuro; y generalmente se salía con la suya. A mí   me preocupaba lo que diría Monique, pero una vez que corrió la voz,   ella fue la primera en afirmar que yo sería una excelente embajadora.   Por lo visto, las familias comunistas encaraban estos asuntos de manera   abierta y práctica, y a Monique ya le habían explicado que la ideología   familiar la había convertido en alguien diferente desde el principio.    Así que fui a Estados Unidos. Fue un año maravilloso—uno de los mejores de mi adolescencia— y que sin duda cambió el curso   de toda mi vida. Para una jovencita francesa, Weston —un acaudalado   suburbio de Boston— parecía un sueño estadounidense: verde, cuidado,   amplio, de casas grandes y suntuosas, y familias adineradas y cultas.   Podías jugar al tenis, montar a caballo, nadar en la piscina, jugar al   golf y cada familia tenía dos o tres automóviles; algo muy distinto de   cualquier ciudad del este de Francia, tanto entonces como ahora. Muchas   cosas nuevas e inimaginables antes ocupaban mi tiempo, pero al final   resultaron demasiado opulentas. Pese a las nuevas experiencias y los   amigos, algo siniestro empezaba a cobrar forma. Casi sin darme cuenta,   “eso” se había convertido en siete kilos y medio... o probablemente   más. Era agosto, el último mes antes de mi regreso a Francia. Estaba en   Nantucket con una de mis familias de adopción cuando sufrí el primer   golpe: me vi en el espejo en bañador. Mi mamá estadounidense, que   quizás había pasado por lo mismo con otra de sus hijas, se dio cuenta   enseguida de mi disgusto. Como era buena costurera, compró una pieza de   lino muy bonito y me hizo un vestido suelto, que aparentemente resolvió   el problema, pero que en realidad sólo lo postergó.    Durante las últimas semanas en Estados Unidos, la idea de tener que   abandonar a mis nuevos amigos me causaba una gran tristeza, pero   también estaba muy preocupada por lo que dirían mis amigos franceses y   mi familia al ver mi nuevo aspecto. En mis cartas no mencioné el   aumento de peso y me las arreglé para enviar fotos donde sólo se me   veía de la cintura para arriba.    El momento de la verdad se estaba acercando.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":46301643014373,"sku":"NP9780307275622","price":15.0,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9780307275622.jpg?v=1767731134","url":"https:\/\/k12savings.com\/products\/las-francesas-no-engordan-los-secretos-para-comer-con-placer-y-mantenerse-delgada-toda-la-vida-french-women-dont-get-fat-the-secret-of-eating-for-pleasure-isbn-9780307275622","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}