{"product_id":"eva-luna-spanish-edition-isbn-9780525433491","title":"Eva Luna (Spanish Edition)","description":"\u003cb\u003eEn \u003c\/b\u003e\u003ci\u003e\u003cb\u003eEva Luna\u003c\/b\u003e\u003c\/i\u003e\u003cb\u003e, su tercera novela, Isabel Allende recupera su país a través de la memoria y la imaginación.\u003cbr\u003e\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003eLa cautivadora protagonista de esta historia constituye un nostálgico álter ego de la autora, que se llama a sí misma «ladrona de historias» precisamente porque en las historias radica el secreto de la vida y el mundo.\u003cbr\u003eNovela de hondo perfil humano, \u003ci\u003eEva Luna\u003c\/i\u003e funde el destino individual con el colectivo mediante una fulgurante prosa de carácter épico. Sin duda, una de las mejores obras de la literatura latinoamericana de los últimos años.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e\u003cb\u003eReseña:\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e«Cuando Isabel Allende puso el punto final de \u003ci\u003eEva Luna\u003c\/i\u003e, logró tatuarse un símbolo que honra su epidermis: dejó de ser chilena, peruana o venezolana, y pasó a ser intensamente latinoamericana.»\u003cbr\u003eLuis Sepúlveda\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e\u003cb\u003eENGLISH DESCRIPTION\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e“A remarkable novel” (The Washington Post) from New York Times bestselling author Isabel Allende’s introducing her most enchanting creation, Eva Luna: a lover, a writer, a revolutionary, and above all a storyteller.\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003eEva Luna is the daughter of a professor’s assistant and a snake-bitten gardener—born poor, orphaned at an early age, and working as a servant. Eva is a naturally gifted and imaginative storyteller who meets people from all stations and walks of life. Though she has no wealth, she trades her stories like currency with people who are kind to her. In this novel, she shares the story of her own life and introduces readers to a diverse and eccentric cast of characters including the Lebanese émigré who befriends her and takes her in; her unfortunate godmother, whose brain is addled by rum and who believes in all the Catholic saints and a few of her own invention; a street urchin who grows into a petty criminal and, later, a leader in the guerrilla struggle; a celebrated transsexual entertainer who instructs her in the ways of the adult world; and a young refugee whose flight from postwar Europe will prove crucial to Eva's fate.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003eAs Eva tells her story, Isabel Allende conjures up a whole complex South American nation—the rich, the poor, the simple, and the sophisticated—in a novel replete with character and incident, with drama and comedy and history, with battles and passions, rebellions and reunions, a novel that celebrates the power of imagination to create a better world.\u003cb\u003eElogios para Isabel Allende y \u003ci\u003eEva Luna\u003c\/i\u003e...\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e“La autora de \u003ci\u003eLa Casa de los Espíritus\u003c\/i\u003e mezcla invención con vivencias, lo oculto y lo verdadero, cuento y mito, en un exótico placer de lectura\".\u003cbr\u003e—\u003ci\u003eWestfalenpost\u003cbr\u003e\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e“\u003ci\u003eEva Luna\u003c\/i\u003e es la energética narradora de la picaresca y esplendorosa tercera novela de Isabel Allende, una historia que abarca 40 años y va desde una jungla surrealista a una capital urbana de hoy en día donde hasta los más apolíticos son llevados a conducir riesgosas actividades contra el gobierno\".\u003cbr\u003e—Benedicto Elizabeth, \u003ci\u003eChicago Tribune\u003cbr\u003e\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e“La novelista Isabel Allende reorganiza la realidad con una mezcla de recuerdos, misticismo e imaginación. Ella inventa personajes atrapados entre la realidad y la fantasía\".\u003cbr\u003e—\u003ci\u003eThe Philadelphia Inquirer\u003cbr\u003e\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e“Una novela notable, en la que una cascada de historias caen sobre el lector; historias vivas, apasionadas y humanas … Una bella traducción capta la voz inolvidable de una mujer inteligente, fuerte e independiente … Leer esta novela es como pedirle a tu narrador favorito que te cuente un cuento y recibir un centenar de cuentos!“\u003cbr\u003e—Ryan-Alan, \u003ci\u003eThe Washington Post\u003cbr\u003e\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e“Maravillosa, repleta de lo extraño y lo fantástico, lo sensual y lo erótico. También habla con fuerza sobre la causa de la libertad. La voz poderosa y singular de Isabel Allende ya ha sido establecida. Si\u003ci\u003e La Casa de los Espíritus\u003c\/i\u003e no hubiera sido escrita antes que \u003ci\u003eEva Luna\u003c\/i\u003e, esta pregunta no podría ser hecha: ¿A dónde vas cuando comenzás por la parte de arriba?“\u003cbr\u003e—\u003ci\u003ePublisher's Weekly\u003c\/i\u003eIsabel Allende nació en Perú donde su padre era diplomático chileno. Vivió en Chile entre 1945 y 1975, con largas temporadas de residencia en otros lugares, en Venezuela hasta 1988 y, a partir de entonces, en California. Inició su carrera literaria en el periodismo en Chile y en Venezuela. Su primera novela, \u003ci\u003eLa casa de los espíritus\u003c\/i\u003e, se convirtió en uno de los títulos míticos de la literatura latinoamericana. A ella le siguieron otros muchos, todos los cuales han sido éxitos internacionales. Su obra ha sido traducida a treinta y cinco idiomas. En 2010, fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura de Chile, y en 2012, con el Premio Hans Christian Andersen de Literatura por su trilogía El Águila y el Jaguar.\u003cb\u003eUno\u003cbr\u003e\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e Me llamo Eva, que quiere decir vida, según un libro que mi\u003cbr\u003e madre consultó para escoger mi nombre. Nací en el último\u003cbr\u003e cuarto de una casa sombría y crecí entre muebles antiguos, libros\u003cbr\u003e en latín y momias humanas, pero eso no logró hacerme melancólica,\u003cbr\u003e porque vine al mundo con un soplo de selva en la memoria.\u003cbr\u003e Mi padre, un indio de ojos amarillos, provenía del lugar donde se\u003cbr\u003e juntan cien ríos, olía a bosque y nunca miraba al cielo de frente,\u003cbr\u003e porque se había criado bajo la cúpula de los árboles y la luz le parecía\u003cbr\u003e indecente. Consuelo, mi madre, pasó la infancia en una región\u003cbr\u003e encantada, donde por siglos los aventureros han buscado la ciudad\u003cbr\u003e de oro puro que vieron los conquistadores cuando se asomaron a\u003cbr\u003e los abismos de su propia ambición. Quedó marcada por el paisaje\u003cbr\u003e y de algún modo se las arregló para traspasarme esa huella.\u003cbr\u003e Los misioneros recogieron a Consuelo cuando todavía no\u003cbr\u003e aprendía a caminar, era sólo una cachorra desnuda y cubierta de\u003cbr\u003e barro y excremento, que entró arrastrándose por el puente del\u003cbr\u003e embarcadero como un diminuto Jonás vomitado por alguna ballena\u003cbr\u003e de agua dulce. Al bañarla comprobaron sin lugar a dudas que\u003cbr\u003e era niña, lo cual les creó cierta confusión, pero estaba allí y no era\u003cbr\u003e cosa de lanzarla al río, de modo que le pusieron un pañal para tapar sus vergüenzas, le echaron unas gotas de limón en los ojos\u003cbr\u003e para curar la infección que le impedía abrirlos y la bautizaron con\u003cbr\u003e el primer nombre femenino que les pasó por la mente. Procedieron\u003cbr\u003e a educarla sin buscar explicaciones sobre su origen y sin muchos\u003cbr\u003e aspavientos, seguros de que si la Divina Providencia la había\u003cbr\u003e conservado con vida hasta que ellos la encontraron, también velaría\u003cbr\u003e por su integridad física y espiritual, o en el peor de los casos se\u003cbr\u003e la llevaría al cielo junto a otros inocentes. Consuelo creció sin lugar\u003cbr\u003e fijo en la estricta jerarquía de la Misión. No era exactamente\u003cbr\u003e una sirvienta, no tenía el mismo rango que los indios de la escuela\u003cbr\u003e y cuando preguntó cuál de los curas era su papá, recibió un bofetón\u003cbr\u003e por insolente. Me contó que había sido abandonada en un\u003cbr\u003e bote a la deriva por un navegante holandés, pero seguro que ésa\u003cbr\u003e es una leyenda que inventó con posterioridad para librarse del\u003cbr\u003e asedio de mis preguntas. Creo que en realidad nada sabía de sus\u003cbr\u003e progenitores ni de la forma como apareció en aquel lugar.\u003cbr\u003e La Misión era un pequeño oasis en medio de una vegetación\u003cbr\u003e voluptuosa, que crece enredada en sí misma, desde la orilla del\u003cbr\u003e agua hasta las bases de monumentales torres geológicas, elevadas\u003cbr\u003e hacia el firmamento como errores de Dios. Allí el tiempo se ha\u003cbr\u003e torcido y las distancias engañan al ojo humano, induciendo al viajero\u003cbr\u003e a caminar en círculos. El aire, húmedo y espeso, a veces huele\u003cbr\u003e a flores, a hierbas, a sudor de hombres y a aliento de animales.\u003cbr\u003e El calor es oprimente, no corre una brisa de alivio, se caldean las\u003cbr\u003e piedras y la sangre en las venas. Al atardecer el cielo se llena de\u003cbr\u003e mosquitos fosforescentes, cuyas picaduras provocan inacabables\u003cbr\u003e pesadillas, y por las noches se escuchan con nitidez los murmullos\u003cbr\u003e de las aves, los gritos de los monos y el estruendo lejano de las cascadas,\u003cbr\u003e que nacen de los montes a mucha altura y revientan abajo\u003cbr\u003e con un fragor de guerra. El modesto edificio, de paja y barro, con\u003cbr\u003e una torre de palos cruzados y una campana para llamar a misa, se\u003cbr\u003e equilibraba como todas las chozas, sobre pilotes enterrados en el\u003cbr\u003e fango de un río de aguas opalescentes cuyos límites se pierden en\u003cbr\u003e la reverberación de la luz. Las viviendas parecían flotar a la deriva\u003cbr\u003e entre canoas silenciosas, basura, cadáveres de perros y ratas,\u003cbr\u003e inexplicables flores blancas.\u003cbr\u003e Era fácil distinguir a Consuelo aun desde lejos, con su largo\u003cbr\u003e pelo rojo como un ramalazo de fuego en el verde eterno de esa\u003cbr\u003e naturaleza. Sus compañeros de juego eran unos indiecitos de vientres\u003cbr\u003e protuberantes, un loro atrevido que recitaba el padrenuestro\u003cbr\u003e intercalado de palabrotas y un mono atado con una cadena a la\u003cbr\u003e pata de una mesa, al que ella soltaba de vez en cuando para que\u003cbr\u003e fuera a buscar novia al bosque, pero siempre regresaba a rascarse\u003cbr\u003e las pulgas en el mismo sitio. En esa época ya andaban por aquellos\u003cbr\u003e lados los protestantes repartiendo biblias, predicando contra\u003cbr\u003e el Vaticano y cargando bajo el sol y la lluvia sus pianos en carretones,\u003cbr\u003e para hacer cantar a los conversos en actos públicos. Esta competencia\u003cbr\u003e exigía de los sacerdotes católicos toda su dedicación, de\u003cbr\u003e modo que se ocupaban poco de Consuelo y ella sobrevivió curtida\u003cbr\u003e por el sol, mal alimentada con yuca y pescado, infestada de parásitos,\u003cbr\u003e picada de mosquitos, libre como un pájaro. Aparte de ayudar\u003cbr\u003e en las tareas domésticas, asistir a los servicios religiosos y a\u003cbr\u003e algunas clases de lectura, aritmética y catecismo, no tenía otras\u003cbr\u003e obligaciones, vagaba husmeando la flora y persiguiendo a la fauna,\u003cbr\u003e con la mente plena de imágenes, de olores, colores y sabores,\u003cbr\u003e de cuentos traídos de la frontera y mitos arrastrados por el río.\u003cbr\u003e Tenía doce años cuando conoció al hombre de las gallinas, un\u003cbr\u003e portugués tostado por la intemperie, duro y seco por fuera, lleno\u003cbr\u003e de risa por dentro. Sus aves merodeaban devorando todo objeto\u003cbr\u003e reluciente encontrado a su paso, para que más tarde su amo les\u003cbr\u003e abriera el buche de un navajazo y cosechara algunos granos de\u003cbr\u003e oro, insuficientes para enriquecerlo, pero bastantes para alimentar\u003cbr\u003e sus ilusiones. Una mañana, el portugués divisó a esa niña de piel\u003cbr\u003e blanca con un incendio en la cabeza, la falda recogida y las piernas\u003cbr\u003e sumergidas en el pantano y creyó padecer otro ataque de fiebre\u003cbr\u003e intermitente. Lanzó un silbido de sorpresa, que sonó como\u003cbr\u003e una orden de poner en marcha a un caballo. El llamado cruzó el\u003cbr\u003e espacio, ella levantó la cara, sus miradas se encontraron y ambos\u003cbr\u003e sonrieron del mismo modo. Desde ese día se juntaban con frecuencia,\u003cbr\u003e él para contemplarla deslumbrado y ella para aprender a\u003cbr\u003e cantar canciones de Portugal.\u003cbr\u003e —Vamos a cosechar oro —dijo un día el hombre.\u003cbr\u003e Se internaron en el bosque hasta perder de vista la campana\u003cbr\u003e de la Misión, adentrándose en la espesura por senderos que sólo\u003cbr\u003e él percibía. Todo el día buscaron a las gallinas, llamándolas con\u003cbr\u003e cacareos de gallo y atrapándolas al vuelo cuando las vislumbraban\u003cbr\u003e a través del follaje. Mientras ella las sujetaba entre las rodillas,\u003cbr\u003e él las abría con un corte preciso y metía los dedos para sacar las\u003cbr\u003e pepitas. Las que no murieron fueron cosidas con aguja e hilo para\u003cbr\u003e que continuaran sirviendo a su dueño, colocaron a las demás en\u003cbr\u003e un saco para venderlas en la aldea o usarlas de carnada y con las\u003cbr\u003e plumas hicieron una hoguera, porque traían mala suerte y contagiaban\u003cbr\u003e el moquillo. Al atardecer, Consuelo regresó con el pelo revuelto,\u003cbr\u003e contenta y manchada de sangre. Se despidió de su amigo,\u003cbr\u003e trepó por la escala colgante desde el bote hasta la terraza y su nariz\u003cbr\u003e dio con las cuatro sandalias inmundas de dos frailes de Extremadura,\u003cbr\u003e que la aguardaban con los brazos cruzados sobre el pecho\u003cbr\u003e y una terrible expresión de repudio.\u003cbr\u003e —Ya es tiempo de que partas a la ciudad —le dijeron.\u003cbr\u003e Nada ganó con suplicar. Tampoco la autorizaron para cargar\u003cbr\u003e con el mono o el loro, dos compañeros inapropiados para la nueva\u003cbr\u003e vida que la esperaba. Se la llevaron junto a cinco muchachas\u003cbr\u003e indígenas, todas amarradas por los tobillos para impedirles saltar\u003cbr\u003e de la piragua y desaparecer en el río. El portugués se despidió de\u003cbr\u003e Consuelo sin tocarla, con una larga mirada, dejándole de recuerdo\u003cbr\u003e un trozo de oro en forma de muela, atravesado por una cuerda.\u003cbr\u003e Ella lo usaría colgado al cuello durante casi toda su vida, hasta que\u003cbr\u003e encontró a quien dárselo en prenda de amor. Él la vio por última\u003cbr\u003e vez, vestida con su delantal de percal desteñido y un sombrero de\u003cbr\u003e paja metido hasta las orejas, descalza y triste, diciéndole adiós con\u003cbr\u003e la mano.\u003cbr\u003e El viaje comenzó en canoa por los afluentes del río a través de\u003cbr\u003e un panorama demencial, luego a lomo de mula por mesetas\u003cbr\u003e abruptas donde por las noches se helaban los pensamientos y finalmente\u003cbr\u003e en camión por húmedas llanuras, bosques de plátanos\u003cbr\u003e salvajes y piñas enanas, caminos de arena y de sal, pero nada sorprendió\u003cbr\u003e a la niña, pues quien ha abierto los ojos en el territorio\u003cbr\u003e más alucinante del mundo, pierde la capacidad de asombro. Durante\u003cbr\u003e ese largo trayecto lloró todas las lágrimas que guardaba en\u003cbr\u003e su organismo, sin dejar reserva para las tristezas posteriores. Una\u003cbr\u003e vez agotado el llanto cerró la boca, decidida a abrirla de ahí en\u003cbr\u003e adelante sólo para responder lo indispensable. Llegaron a la capital\u003cbr\u003e varios días después y los frailes condujeron a las aterrorizadas\u003cbr\u003e muchachas al convento de las Hermanitas de la Caridad, donde\u003cbr\u003e una monja abrió la puerta de hierro con una llave de carcelero y\u003cbr\u003e las guió a un patio amplio y umbroso, rodeado de corredores, en\u003cbr\u003e cuyo centro se alzaba una fuente de azulejos pintados donde bebían\u003cbr\u003e palomas, tordos y colibríes. Varias jóvenes de uniforme gris,\u003cbr\u003e sentadas en rueda a la sombra, cosían forros de colchones con\u003cbr\u003e agujas curvas o tejían canastos de mimbre.\u003cbr\u003e  \u003cbr\u003e —En la oración y el esfuerzo encontrarán alivio para sus pecados.\u003cbr\u003e No he venido a curar a los sanos, sino a cuidar a los enfermos.\u003cbr\u003e Más se alegra el pastor cuando encuentra la oveja descarriada,\u003cbr\u003e que ante todo su rebaño congregado. Palabra de Dios, alabado\u003cbr\u003e sea su Santo Nombre, amén —o algo por el estilo recitó la monja\u003cbr\u003e con las manos ocultas bajo los pliegues del hábito.\u003cbr\u003e Consuelo no entendió el significado de aquella perorata ni le\u003cbr\u003e prestó atención, porque estaba extenuada y la sensación de encierro\u003cbr\u003e la abrumaba. Nunca había estado entre murallas y al mirar hacia\u003cbr\u003e arriba y ver el cielo reducido a un cuadrilátero, creyó que moriría\u003cbr\u003e asfixiada. Cuando la separaron de sus compañeras de viaje y\u003cbr\u003e la llevaron a la oficina de la Madre Superiora, no imaginó que la\u003cbr\u003e causa era su piel y sus ojos claros. Las Hermanitas no habían recibido\u003cbr\u003e en muchos años a una criatura como ella, sólo niñas de razas\u003cbr\u003e mezcladas provenientes de los barrios más pobres o indias traídas\u003cbr\u003e por los misioneros a viva fuerza.\u003cbr\u003e —¿Quiénes son tus padres?\u003cbr\u003e —No sé.\u003cbr\u003e —¿Cuándo naciste?\u003cbr\u003e —El año del cometa.\u003cbr\u003e Ya entonces Consuelo suplía con giros poéticos lo que le faltaba\u003cbr\u003e en información. Desde que oyó mencionar por primera vez al\u003cbr\u003e cometa, decidió adoptarlo como fecha de nacimiento. Durante su\u003cbr\u003e infancia alguien le contó que en aquella oportunidad el mundo esperó\u003cbr\u003e el prodigio celeste con terror. Se suponía que surgiría como\u003cbr\u003e un dragón de fuego y que al entrar en contacto con la atmósfera\u003cbr\u003e terrestre, su cola envolvería al planeta en gases venenosos y un calor\u003cbr\u003e de lava fundida acabaría con toda forma de vida. Algunas personas\u003cbr\u003e se suicidaron para no morir chamuscadas, otras prefirieron\u003cbr\u003e aturdirse en comilonas, borracheras y fornicaciones de última hora. Hasta el Benefactor se impresionó al ver el cielo tornarse\u003cbr\u003e verde y enterarse de que bajo la influencia del cometa el pelo de\u003cbr\u003e los mulatos se desrizaba y el de los chinos se encrespaba y mandó\u003cbr\u003e soltar a algunos opositores, presos desde hacía tanto tiempo, que\u003cbr\u003e para entonces ya habían olvidado la luz natural, aunque algunos\u003cbr\u003e conservaban intacto el germen de la rebelión y estaban dispuestos\u003cbr\u003e a legarlo a las generaciones futuras. A Consuelo la sedujo la idea\u003cbr\u003e de nacer en medio de tanto espanto, a pesar del rumor de que todos\u003cbr\u003e los recién nacidos de ese momento fueron horrorosos y siguieron\u003cbr\u003e siéndolo años después que el cometa se perdió de vista\u003cbr\u003e como una bola de hielo y polvo sideral.\u003cbr\u003e —Lo primero será acabar con este rabo de Satanás —decidió la\u003cbr\u003e Madre Superiora, pesando a dos manos aquella trenza de cobre\u003cbr\u003e bruñido que colgaba a la espalda de la nueva interna. Dio orden\u003cbr\u003e de cortar la melena y lavarle la cabeza con una mezcla de lejía y\u003cbr\u003e Aureolina Onirem para liquidar los piojos y atenuar la insolencia\u003cbr\u003e del color, con lo cual se le cayó la mitad del pelo y el resto adquirió\u003cbr\u003e un tono arcilloso, más adecuado al temperamento y a los fines\u003cbr\u003e de la institución religiosa, que el manto flamígero original.\u003cbr\u003e En ese lugar Consuelo pasó tres años con frío en el cuerpo y\u003cbr\u003e en el alma, taimada y solitaria, sin creer que el sol escuálido del\u003cbr\u003e patio fuera el mismo que sancochaba la selva donde había dejado\u003cbr\u003e su hogar. Allí no entraba el alboroto profano ni la prosperidad nacional,\u003cbr\u003e iniciada cuando alguien cavó un pozo y en vez de agua saltó\u003cbr\u003e un chorro negro, espeso y fétido, como porquería de dinosaurio.\u003cbr\u003e La patria estaba sentada en un mar de petróleo. Eso despabiló\u003cbr\u003e un poco la modorra de la dictadura, pues aumentó tanto la fortuna\u003cbr\u003e del tirano y sus familiares, que algo rebasó para los demás.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":46305325351141,"sku":"NP9780525433491","price":17.95,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9780525433491.jpg?v=1767726408","url":"https:\/\/k12savings.com\/products\/eva-luna-spanish-edition-isbn-9780525433491","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}