{"product_id":"cuentos-de-eva-luna-the-stories-of-eva-luna-isbn-9780525433620","title":"Cuentos de Eva Luna \/ The Stories of Eva Luna","description":"\u003cb\u003eEva Luna era una cascada de cuentos contados a través de otros cuentos.\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e\u003cb\u003e Pero el caudal estaba lejos de haberse agotado.\u003c\/b\u003e \u003cbr\u003e\u003cbr\u003eEn la cama con su amante, Eva Luna es requerida por éste para que le cuente un cuento “que jamás haya contado antes”. Y la improvisada Shéhérezade no cuenta una sino veintitrés vidas en las que el amor, el odio, la venganza, lo grotesco y lo sublime se superponen y empujan unos a otros en su afán por completar todo el registro de sentimientos posibles en el alma humana.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e\u003cb\u003eENGLISH DESCRIPTION\u003cbr\u003e\u003cbr\u003eTold in the voice of Isabel Allende’s beloved character Eva   Luna, a “distinctive, powerful, and haunting” (\u003ci\u003eLos   Angeles Times\u003c\/i\u003e) collection of short fiction by one   of the most iconic and acclaimed writers of our time.\u003cbr\u003e\u003c\/b\u003e \u003cbr\u003e Eva Luna is a young woman whose powers as a storyteller bring her   friendship and love. Lying in bed with her European lover, refugee and   journalist Rolf Carlé, Eva answers his request for a story “you have never   told anyone before” with these twenty-three samples of her vibrant artistry.   Interweaving the real and the magical, she explores love, vengeance,   compassion, and the strengths of women, creating a world that is at once   poignantly familiar and intriguingly new.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e Rendered in her sumptuously imagined, uniquely magical style, \u003ci\u003eThe Stories of Eva Luna\u003c\/i\u003e is the   cornerstone of Allende’s work. This treasure trove of brilliantly crafted   stories is a superb example of a writer working at the height of her powers.\u003cb\u003eElogios para Isabel Allende y \u003ci\u003eCuentos de Eva Luna\u003c\/i\u003e\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e \u003ci\u003e \u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e “Los\u003ci\u003e Cuentos de Eva Luna\u003c\/i\u003e son delicados, sus imágenes son similares a la poesía: el Papa en su coche de vidrio cerrado, por ejemplo, es ‘un delfín blanco en un acuario’; Tierra del Fuego se estrecha en, ‘un rosario de islas’. Y como la poesía, esta prosa requiere de cuidadosa atención”.\u003cbr\u003e —Barbara Kingsolver, \u003ci\u003eThe New York Times\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e  \u003cbr\u003e “Allende es un verdadero talento, uno sorprendentemente prolífico. En sus historias hay riesgos palpables de vida y de muerte, riesgos de amor apasionado, riesgos de creencia apasionada, de las convicciones y del honor”. —\u003ci\u003eThe Washington Post\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e  \u003cbr\u003e “Instantáneamente seductora, lujosamente sensual y descaradamente romántica”. —\u003ci\u003eChicago Sun-Times\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e  \u003cbr\u003e “Llena de gracia y pasión... amor y venganza... encantadora... Uno podría seguir leyendo los cuentos [de Allende] para siempre”. —\u003ci\u003eOrlando Sentinel\u003c\/i\u003eIsabel Allende nació en Perú donde su padre era diplomático chileno. Vivió en Chile entre 1945 y 1975, con largas temporadas de residencia en otros lugares, en Venezuela hasta 1988 y, a partir de entonces, en California. Inició su carrera literaria en el periodismo en Chile y en Venezuela. Su primera novela, \u003ci\u003eLa casa de los espíritus\u003c\/i\u003e, se convirtió en uno de los títulos míticos de la literatura latinoamericana. A ella le siguieron otros muchos, todos los cuales han sido éxitos internacionales. Su obra ha sido traducida a treinta y cinco idiomas. En 2010, fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura de Chile, y en 2012, con el Premio Hans Christian Andersen de Literatura por su trilogía El Águila y el Jaguar.\u003cb\u003eDos palabras \u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003eTenía  el  nombre  de  Belisa  Crepusculario,  pero  no \u003cbr\u003epor  fe  de  bautismo  o  acierto  de  su  madre,  sino \u003cbr\u003eporque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vis- \u003cbr\u003etió  con  él.  Su  oficio  era  vender  palabras.  Recorría  el \u003cbr\u003epaís, desde las regiones más altas y frías hasta las costas \u003cbr\u003ecalientes, instalándose en las ferias y en los mercados, \u003cbr\u003edonde  montaba  cuatro  palos  con  un  toldo  de  lienzo, \u003cbr\u003ebajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para aten- \u003cbr\u003eder a su clientela. No necesitaba pregonar su mercade- \u003cbr\u003ería, porque de tanto caminar por aquí y por allá, todos \u003cbr\u003ela  conocían.  Había  quienes  la  aguardaban  de  un  año \u003cbr\u003epara otro, y cuando aparecía por la aldea con su atado \u003cbr\u003ebajo el brazo hacían cola frente a su tenderete. Vendía \u003cbr\u003ea  precios  justos.  Por  cinco  centavos  entregaba  versos \u003cbr\u003ede  memoria,  por  siete  mejoraba  la  calidad  de  los  sue- \u003cbr\u003eños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce \u003cbr\u003einventaba insultos para enemigos irreconciliables. Tam- \u003cbr\u003ebién vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, \u003cbr\u003esino  largas  historias  verdaderas  que  recitaba  de  corri- \u003cbr\u003edo, sin saltarse nada. Así llevaba las nuevas de un pue- \u003cbr\u003eblo a otro. La gente le pagaba por agregar una o dos lí- \u003cbr\u003eneas: nació un niño, murió fulano, se casaron nuestros \u003cbr\u003ehijos, se quemaron las cosechas. En cada lugar se junta- \u003cbr\u003eba  una  pequeña  multitud  a  su  alrededor  para  oírla \u003cbr\u003ecuando comenzaba a hablar y así se enteraban de las vi- \u003cbr\u003edas de otros, de los parientes lejanos, de los pormeno- \u003cbr\u003eres de la Guerra Civil. A quien le comprara cincuenta  \u003cbr\u003ecentavos,  ella  le  regalaba  una  palabra  secreta  para  es- \u003cbr\u003epantar la melancolía. No era la misma para todos, por \u003cbr\u003esupuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo. \u003cbr\u003eCada  uno  recibía  la  suya  con  la  certeza  de  que  nadie \u003cbr\u003emás la empleaba para ese fin en el universo y más allá. \u003cbr\u003eBelisa  Crepusculario  había  nacido  en  una  familia \u003cbr\u003etan mísera, que ni siquiera poseía nombres para llamar \u003cbr\u003ea sus hijos. Vino al mundo y creció en la región más in- \u003cbr\u003ehóspita, donde algunos años las lluvias se convierten en \u003cbr\u003eavalanchas de agua que se llevan todo, y en otros no cae \u003cbr\u003eni una gota del cielo, el sol se agranda hasta ocupar el \u003cbr\u003ehorizonte entero y el mundo se convierte en un desier- \u003cbr\u003eto. Hasta que cumplió doce años no tuvo otra ocupa- \u003cbr\u003eción ni virtud que sobrevivir al hambre y la fatiga de si- \u003cbr\u003eglos. Durante una interminable sequía le tocó enterrar \u003cbr\u003ea cuatro hermanos menores y cuando comprendió que \u003cbr\u003ellegaba su turno, decidió echar a andar por las llanuras \u003cbr\u003een dirección al mar, a ver si en el viaje lograba burlar a \u003cbr\u003ela muerte. La tierra estaba erosionada, partida en pro- \u003cbr\u003efundas grietas, sembrada de piedras, fósiles de árboles y \u003cbr\u003ede  arbustos  espinudos,  esqueletos  de  animales  blan- \u003cbr\u003equeados por el calor. De vez en cuando tropezaba con \u003cbr\u003efamilias  que,  como  ella,  iban  hacia  el  sur  siguiendo  el \u003cbr\u003eespejismo del agua. Algunos habían iniciado la marcha \u003cbr\u003ellevando  sus  pertenencias  al  hombro  o  en  carretillas, \u003cbr\u003epero apenas podían mover sus propios huesos y a poco \u003cbr\u003eandar debían abandonar sus cosas. Se arrastraban peno- \u003cbr\u003esamente, con la piel convertida en cuero de lagarto y los \u003cbr\u003eojos quemados por la reverberación de la luz. Belisa los \u003cbr\u003esaludaba con un gesto al pasar, pero no se detenía, por- \u003cbr\u003eque no podía gastar sus fuerzas en ejercicios de compa- \u003cbr\u003esión. Muchos cayeron por el camino, pero ella era tan \u003cbr\u003etozuda que consiguió atravesar el infierno y arribó por \u003cbr\u003efin a los primeros manantiales, finos hilos de agua, casi \u003cbr\u003einvisibles, que alimentaban una vegetación raquítica, y \u003cbr\u003eque más adelante se convertían en riachuelos y esteros.  \u003cbr\u003eBelisa Crepusculario salvó la vida y además descu- \u003cbr\u003ebrió por casualidad la escritura. Al llegar a una aldea en \u003cbr\u003elas proximidades de la costa, el viento colocó a sus pies \u003cbr\u003euna hoja de periódico. Ella tomó aquel papel amarillo y \u003cbr\u003equebradizo y estuvo largo rato observándolo sin adivi- \u003cbr\u003enar su uso, hasta que la curiosidad pudo más que su ti- \u003cbr\u003emidez. Se acercó a un hombre que lavaba un caballo en \u003cbr\u003eel mismo charco turbio donde ella saciara su sed. \u003cbr\u003e—¿Qué es esto? —preguntó. \u003cbr\u003e—La  página  deportiva  del  periódico  —replicó  el \u003cbr\u003ehombre sin dar muestras de asombro ante su ignorancia. \u003cbr\u003eLa  respuesta  dejó  atónita  a  la  muchacha,  pero  no \u003cbr\u003equiso parecer descarada y se limitó a inquirir el signifi- \u003cbr\u003ecado de las patitas de mosca dibujadas sobre el papel. \u003cbr\u003e—Son palabras, niña. Allí dice que Fulgencio Bar- \u003cbr\u003eba noqueó al Negro Tiznao en el tercer round. \u003cbr\u003eEse día Belisa Crepusculario se enteró que las pala- \u003cbr\u003ebras andan sueltas sin dueño y cualquiera con un poco \u003cbr\u003ede maña puede apoderárselas para comerciar con ellas. \u003cbr\u003eConsideró su situación y concluyó que aparte de pros- \u003cbr\u003etituirse o emplearse como sirvienta en las cocinas de los \u003cbr\u003ericos, eran pocas las ocupaciones que podía desempe- \u003cbr\u003eñar. Vender palabras le pareció una alternativa decente. \u003cbr\u003eA partir de ese momento ejerció esa profesión y nunca \u003cbr\u003ele  interesó  otra.  Al  principio  ofrecía  su  mercancía  sin \u003cbr\u003esospechar  que  las  palabras  podían  también  escribirse \u003cbr\u003efuera de los periódicos. Cuando lo supo calculó las in- \u003cbr\u003efinitas proyecciones de su negocio, con sus ahorros le \u003cbr\u003epagó veinte pesos a un cura para que le enseñara a leer \u003cbr\u003ey escribir y con los tres que le sobraron se compró un \u003cbr\u003ediccionario. Lo revisó desde la A hasta la Z y luego lo \u003cbr\u003elanzó  al  mar,  porque  no  era  su  intención  estafar  a  los \u003cbr\u003eclientes con palabras envasadas. \u003cbr\u003eVarios años después, en una mañana de agosto, se en- \u003cbr\u003econtraba Belisa Crepusculario en el centro de una pla- \u003cbr\u003eza, sentada bajo su toldo vendiendo argumentos de jus- \u003cbr\u003eticia  a  un  viejo  que  solicitaba  su  pensión  desde  hacía \u003cbr\u003ediecisiete años. Era día de mercado y había mucho bu- \u003cbr\u003ellicio a su alrededor. Se escucharon de pronto galopes y \u003cbr\u003egritos, ella levantó los ojos de la escritura y vio prime- \u003cbr\u003ero una nube de polvo y enseguida un grupo de jinetes \u003cbr\u003eque irrumpió en el lugar. Se trataba de los hombres del \u003cbr\u003eCoronel, que venían al mando del Mulato, un gigante \u003cbr\u003econocido en toda la zona por la rapidez de su cuchillo \u003cbr\u003ey la lealtad hacia su jefe. Ambos, el Coronel y el Mula- \u003cbr\u003eto, habían pasado sus vidas ocupados en la Guerra Civil \u003cbr\u003ey  sus  nombres  estaban  irremisiblemente  unidos  al  es- \u003cbr\u003etropicio y la calamidad. Los guerreros entraron al pue- \u003cbr\u003eblo como un rebaño en estampida, envueltos en ruido, \u003cbr\u003ebañados  de  sudor  y  dejando  a  su  paso  un  espanto  de \u003cbr\u003ehuracán. Salieron volando las gallinas, dispararon a per- \u003cbr\u003ederse los perros, corrieron las mujeres con sus hijos y \u003cbr\u003eno quedó en el sitio del mercado otra alma viviente que \u003cbr\u003eBelisa Crepusculario, quien no había visto jamás al Mu- \u003cbr\u003elato  y  por  lo  mismo  le  extrañó  que  se  dirigiera  a  ella. \u003cbr\u003e—A ti te busco —le gritó señalándola con su látigo \u003cbr\u003eenrollado  y  antes  que  terminara  de  decirlo,  dos  hom- \u003cbr\u003ebres cayeron encima de la mujer atropellando el toldo \u003cbr\u003ey rompiendo el tintero, la ataron de pies y manos y la \u003cbr\u003ecolocaron atravesada como un bulto de marinero sobre \u003cbr\u003ela grupa de la bestia del Mulato. Emprendieron galope \u003cbr\u003een dirección a las colinas. \u003cbr\u003eHoras más tarde, cuando Belisa Crepusculario es- \u003cbr\u003etaba  a  punto  de  morir  con  el  corazón  convertido  en \u003cbr\u003earena por las sacudidas del caballo, sintió que se dete- \u003cbr\u003enían  y  cuatro  manos  poderosas  la  depositaban  en  tie- \u003cbr\u003erra. Intentó ponerse de pie y levantar la cabeza con dig- \u003cbr\u003enidad, pero le fallaron las fuerzas y se desplomó con un \u003cbr\u003esuspiro, hundiéndose en un sueño ofuscado. Despertó \u003cbr\u003evarias horas después con el murmullo de la noche en el \u003cbr\u003ecampo, pero no tuvo tiempo de descifrar esos sonidos, \u003cbr\u003eporque al abrir los ojos se encontró ante la mirada im- \u003cbr\u003epaciente del Mulato, arrodillado a su lado. \u003cbr\u003e—Por fin despiertas, mujer —dijo alcanzándole su \u003cbr\u003ecantimplora para que bebiera un sorbo de aguardiente \u003cbr\u003econ pólvora y acabara de recuperar la vida. \u003cbr\u003eElla  quiso  saber  la  causa  de  tanto  maltrato  y  él  le \u003cbr\u003eexplicó que el Coronel necesitaba sus servicios. Le per- \u003cbr\u003emitió mojarse la cara y enseguida la llevó a un extremo \u003cbr\u003edel campamento, donde el hombre más temido del país \u003cbr\u003ereposaba en una hamaca colgada entre dos árboles. Ella \u003cbr\u003eno pudo verle el rostro, porque tenía encima la sombra \u003cbr\u003eincierta del follaje y la sombra imborrable de muchos \u003cbr\u003eaños viviendo como un bandido, pero imaginó que de- \u003cbr\u003ebía  ser  de  expresión  perdularia  si  su  gigantesco  ayu- \u003cbr\u003edante se dirigía a él con tanta humildad. Le sorprendió \u003cbr\u003esu voz, suave y bien modulada como la de un profesor. \u003cbr\u003e—¿Eres la que vende palabras? —preguntó. \u003cbr\u003e—Para  servirte  —balbuceó  ella  oteando  en  la  pe- \u003cbr\u003enumbra para verlo mejor. \u003cbr\u003eEl  Coronel  se  puso  de  pie  y  la  luz  de  la  antorcha \u003cbr\u003eque llevaba el Mulato le dio de frente. La mujer vio su \u003cbr\u003epiel oscura y sus fieros ojos de puma y supo al punto \u003cbr\u003eque  estaba  frente  al  hombre  más  solo  de  este  mundo. \u003cbr\u003e—Quiero ser Presidente —dijo él. \u003cbr\u003eEstaba  cansado  de  recorrer  esa  tierra  maldita  en \u003cbr\u003eguerras inútiles y derrotas que ningún subterfugio po- \u003cbr\u003edía  transformar  en  victorias.  Llevaba  muchos  años \u003cbr\u003edurmiendo  a  la  intemperie,  picado  de  mosquitos,  ali- \u003cbr\u003ementándose de iguanas y sopa de culebra, pero esos in- \u003cbr\u003econvenientes  menores  no  constituían  razón  suficiente \u003cbr\u003epara cambiar su destino. Lo que en verdad le fastidiaba \u003cbr\u003eera  el  terror  en  los  ojos  ajenos.  Deseaba  entrar  a  los \u003cbr\u003epueblos bajo arcos de triunfo, entre banderas de colo- \u003cbr\u003eres  y  flores,  que  lo  aplaudieran  y  le  dieran  de  regalo  \u003cbr\u003ehuevos frescos y pan recién horneado. Estaba harto de \u003cbr\u003ecomprobar cómo a su paso huían los hombres, aborta- \u003cbr\u003eban de susto las mujeres y temblaban las criaturas, por \u003cbr\u003eeso había decidido ser Presidente. El Mulato le sugirió \u003cbr\u003eque fueran a la capital y entraran galopando al Palacio \u003cbr\u003epara apoderarse del gobierno, tal como tomaron tantas \u003cbr\u003eotras cosas sin pedir permiso, pero al Coronel no le in- \u003cbr\u003eteresaba convertirse en otro tirano, de ésos ya habían te- \u003cbr\u003enido bastantes por allí y, además, de ese modo no ob- \u003cbr\u003etendría el afecto de las gentes. Su idea consistía en ser \u003cbr\u003eelegido  por  votación  popular  en  los  comicios  de  di- \u003cbr\u003eciembre. \u003cbr\u003e—Para  eso  necesito  hablar  como  un  candidato. \u003cbr\u003e¿Puedes venderme las palabras para un discurso? —pre- \u003cbr\u003eguntó el Coronel a Belisa Crepusculario. \u003cbr\u003eElla había aceptado muchos encargos, pero ningu- \u003cbr\u003eno como ése, sin embargo no pudo negarse, temiendo \u003cbr\u003eque el Mulato le metiera un tiro entre los ojos o, peor \u003cbr\u003eaún, que el Coronel se echara a llorar. Por otra parte, \u003cbr\u003esintió el impulso de ayudarlo, porque percibió un pal- \u003cbr\u003epitante calor en su piel, un deseo poderoso de tocar a \u003cbr\u003eese hombre, de recorrerlo con sus manos, de estrechar- \u003cbr\u003elo entre sus brazos. \u003cbr\u003eToda la noche y buena parte del día siguiente estu- \u003cbr\u003evo Belisa Crepusculario buscando en su repertorio las \u003cbr\u003epalabras apropiadas para un discurso presidencial, vigi- \u003cbr\u003elada de cerca por el Mulato, quien no apartaba los ojos \u003cbr\u003ede sus firmes piernas de caminante y sus senos virgina- \u003cbr\u003eles. Descartó las palabras ásperas y secas, las demasiado \u003cbr\u003efloridas,  las  que  estaban  desteñidas  por  el  abuso,  las \u003cbr\u003eque  ofrecían  promesas  improbables,  las  carentes  de \u003cbr\u003everdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas \u003cbr\u003ecapaces  de  tocar  con  certeza  el  pensamiento  de  los \u003cbr\u003ehombres y la intuición de las mujeres. Haciendo uso de \u003cbr\u003elos conocimientos comprados al cura por veinte pesos, \u003cbr\u003eescribió el discurso en una hoja de papel y luego hizo  \u003cbr\u003eseñas al Mulato para que desatara la cuerda con la cual \u003cbr\u003ela había amarrado por los tobillos a un árbol. La con- \u003cbr\u003edujeron  nuevamente  donde  el  Coronel  y  al  verlo  ella \u003cbr\u003evolvió a sentir la misma palpitante ansiedad del primer \u003cbr\u003eencuentro.  Le  pasó  el  papel  y  aguardó,  mientras  él  lo \u003cbr\u003emiraba sujetándolo con la punta de los dedos. \u003cbr\u003e—¿Qué  carajo  dice  aquí?  —preguntó  por  último. \u003cbr\u003e—¿No sabes leer? \u003cbr\u003e—Lo que yo sé hacer es la guerra —replicó él. \u003cbr\u003eElla leyó en alta voz el discurso. Lo leyó tres veces, \u003cbr\u003epara  que  su  cliente  pudiera  grabárselo  en  la  memoria. \u003cbr\u003eCuando  terminó  vio  la  emoción  en  los  rostros  de  los \u003cbr\u003ehombres de la tropa que se juntaron para escucharla y \u003cbr\u003enotó  que  los  ojos  amarillos  del  Coronel  brillaban  de \u003cbr\u003eentusiasmo,  seguro  de  que  con  esas  palabras  el  sillón \u003cbr\u003epresidencial sería suyo. \u003cbr\u003e—Si después de oírlo tres veces los muchachos si- \u003cbr\u003eguen con la boca abierta, es que esta vaina sirve, Coro- \u003cbr\u003enel —aprobó el Mulato. \u003cbr\u003e—¿Cuánto  te  debo  por  tu  trabajo,  mujer?  —pre- \u003cbr\u003eguntó el jefe. \u003cbr\u003e—Un peso, Coronel. \u003cbr\u003e—No es caro —dijo él abriendo la bolsa que lleva- \u003cbr\u003eba colgada del cinturón con los restos del último botín. \u003cbr\u003e—Además  tienes  derecho  a  una  ñapa.  Te  corres- \u003cbr\u003eponden dos palabras secretas —dijo Belisa Crepuscu- \u003cbr\u003elario. \u003cbr\u003e—¿Cómo es eso? \u003cbr\u003eElla  procedió  a  explicarle  que  por  cada  cincuenta \u003cbr\u003ecentavos que pagaba un cliente, le obsequiaba una pa- \u003cbr\u003elabra de uso exclusivo. El jefe se encogió de hombros, \u003cbr\u003epues no tenía ni el menor interés en la oferta, pero no \u003cbr\u003equiso ser descortés con quien lo había servido tan bien. \u003cbr\u003eElla se aproximó sin prisa al taburete de suela donde él \u003cbr\u003eestaba  sentado  y  se  inclinó  para  entregarle  su  regalo. \u003cbr\u003eEntonces el hombre sintió el olor de animal montuno  \u003cbr\u003eque se desprendía de esa mujer, el calor de incendio que \u003cbr\u003eirradiaban sus caderas, el roce terrible de sus cabellos, \u003cbr\u003eel aliento de yerbabuena susurrando en su oreja las dos \u003cbr\u003epalabras secretas a las cuales tenía derecho. \u003cbr\u003e—Son tuyas, Coronel —dijo ella al retirarse—. Pue- \u003cbr\u003edes emplearlas cuanto quieras. \u003cbr\u003eEl Mulato acompañó a Belisa hasta el borde del ca- \u003cbr\u003emino, sin dejar de mirarla con ojos suplicantes de perro \u003cbr\u003eperdido, pero cuando estiró la mano para tocarla, ella \u003cbr\u003elo detuvo con un chorro de palabras inventadas que tu- \u003cbr\u003evieron  la  virtud  de  espantarle  el  deseo,  porque  creyó \u003cbr\u003eque se trataba de alguna maldición irrevocable.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":46302451532005,"sku":"NP9780525433620","price":18.95,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9780525433620.jpg?v=1767724340","url":"https:\/\/k12savings.com\/products\/cuentos-de-eva-luna-the-stories-of-eva-luna-isbn-9780525433620","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}