{"product_id":"cuando-a-la-gente-buena-le-pasan-cosas-malas-when-bad-things-happen-to-good-people-isbn-9780307275295","title":"Cuando a la gente buena le pasan cosas malas \/ When Bad Things Happen to Good People","description":"\u003cp\u003e\u003cb\u003eCuando su hijo fue diagnosticado a los tres años de edad con una enfermedad degenerativa que acortaría su vida en la adolescencia, Harold Kushner se enfrentó a una de las preguntas más angustiantes en la vida: ¿Por qué, Dios?\u003cbr\u003e\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e Años más tarde, el rabino Kushner escribió esta contemplación sencilla y elegante de las dudas y temores que surgen cuando una tragedia nos golpea la puerta. Kushner comparte su sabiduría como rabino, como padre, como lector y como ser humano. Con múltiples imitaciones que no han logrado superar este original, Cuando a la gente buena le pasan cosas malas es un clásico que nos ofrece pensamientos claros y consolación en períodos de dolor y tristeza.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e \u003cb\u003eENGLISH DESCRIPTION\u003cbr\u003e\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e \u003cb\u003e\"The #1 bestselling inspirational classic from the nationally known spiritual leader; a source of solace and hope for over 4 million readers.\u003cbr\u003e\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e When Harold Kushner’s three-year-old son was diagnosed with a degenerative disease that meant the boy would only live until his early teens, he was faced with one of life’s most difficult questions: Why, God? Years later, Rabbi Kushner wrote this straightforward, elegant contemplation of the doubts and fears that arise when tragedy strikes. In these pages, Kushner shares his wisdom as a rabbi, a parent, a reader, and a human being. Often imitated but never superseded, When Bad Things Happen to Good People is a classic that offers clear thinking and consolation in times of sorrow.\"\u003c\/p\u003ePor qué escribí este libro \u003cbr\u003e¿Por qué sufren los justos?\u003cbr\u003eLa historia de un hombre llamado Job\u003cbr\u003eA veces no hay motivo\u003cbr\u003eLa gente encantadora no está exenta\u003cbr\u003eDios nos permite ser humanos\u003cbr\u003eDios ayuda a los que dejan de hacerse daño a sí mismos\u003cbr\u003eDios no puede hacerlo todo, pero puede hacer algunas cosas importantes\u003cbr\u003eEntonces, ¿para qué sirve la religión?“Es un libro esencial para cualquiera que haya sufrido una desgracia en su vida... hay muchas lecciones de amor, perdón y aceptación entre sus páginas”.        \u003cbr\u003e—Dra. Isabel, Univisión Radio\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e“Una de las virtudes de Kushner siempre ha sido su capacidad para empatizar, para comprender el dolor de otros a nivel personal y a compartir su sabiduría tierna en un modo accesible”.       \u003cbr\u003e —\u003ci\u003eThe Plain Dealer\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e“Un libro tierno y conmovedor para aquellos que deben lidiar con el sufrimiento, y claro, esos somos todos”.           —Andrew M. Greeley\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e“Ya sea religioso o no, este libro impacta porque aborda —profœndamente pero sencillamente— preguntas que ninún padre y ninguna persona puede evitar”.\u003cbr\u003e—Harvey Cox, Escuela de Divinidad de Harvard\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e“\u003ci\u003eCuando a la gente buena le pasan cosas malas\u003c\/i\u003e ofrece una perspectiva enternecedora y humana para comprender las tempestades de la vida”.       \u003cbr\u003e—Elisabeth Kübler-RossHarold S. Kushner es el rabino laureado del Templo Israel en Natick, Massachusetts, donde reside.\u003ci\u003eUno\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    ¿Por qué sufren los justos?\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e      Hay una sola pregunta que en realidad importa: ¿por qué a la gente buena  le pasan cosas malas? El resto de las disquisiciones teológicas es una  mera distracción intelectual, algo así como los crucigramas y pasatiempos  del suplemento dominical del periódico, que pueden satisfacer a   algunas personas, pero que no tocan ninguno de los pro-  blemas existenciales. Toda conversación importante que he mantenido sobre  Dios y la religión comenzaba con esta pre-  gunta, o giraba en torno a ella. El hombre o la mujer que vuelve del  médico con un diagnóstico espantoso, el estudiante universitario  argumentándome que no hay Dios, o el desconocido en una reunión social,  que al enterarse que soy un rabino, se me acerca con la pregunta: “¿cómo  puede creer en…?”—todos tienen en común la preocupación por la injusta  distribución del sufrimiento en el mundo.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Las desgracias de la gente buena no son solamente un problema para los que  sufren y sus familias. Constituyen un problema para todos los que quieren  creer en un mundo justo, honesto, habitable. Cuestionan la bondad, la  benevolencia, y aun la propia existencia de Dios.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Yo ejerzo como rabino de una congregación de seiscientas familias, unas  dos mil quinientas personas. Los visito en los hospitales, oficio sus  funerales, trato de ayudarles   en el trámite doloroso de sus divorcios, en sus fracasos   financieros, en su infeliz relación con sus propios hijos.   Me siento y escucho lo que tienen que contarme sobre   sus maridos o esposas que se están muriendo, sobre sus padres seniles cuya  longevidad es más una maldición   que una bendición, sobre lo que significa ver a sus seres queridos  retorcerse de dolor y sentirse sumidos en la   frustración. Y me resulta muy difícil decirles que la vida juega limpio,  que Dios da a la gente lo que se merece y necesita. Una y otra vez, he  visto a familias e incluso a una comunidad entera unirse para rezar  pidiendo la recuperación de una persona enferma, sólo para ver que sus  esperanzas eran burladas y sus oraciones desatendidas. He   visto enfermar a las personas equivocadas, he visto sufrir daño a los que  menos lo merecían, he visto morir a los más jóvenes.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Como cada uno de los lectores de este libro, cuando abro el periódico me  resulta difícil creer en la bondad de este mundo: asesinatos sin sentido,  bromas fatales, jóvenes muertos en accidentes de tráfico cuando se  dirigían a su boda o volvían de la entrega de diplomas de su lico. Sumo  estas historias a las tragedias personales que he vivido y tengo que  preguntarme si puedo, en buena fe, seguir diciendo a la gente que el mundo  es bueno y que hay una especie de Dios amoroso y responsable de todo lo  que sucede en el mismo.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    No es preciso que se trate de personas excepcionales o muy santas para que  nos enfrentemos a esta cuestión. No solemos plantearnos por qué sufren las  personas que carecen por completo de egoísmo, personas que nunca han hecho  el menor daño a alguien, porque conocemos muy pocas personas de ese  estilo. Pero nos preguntamos con frecuencia por qué las personas normales,  vecinos encantadores y amistosos, que no son extraordinariamente buenas ni  extraordinariamente malas, por qué esas personas tienen que enfrentarse de  repente a la agonía del dolor y de la tragedia. Si el mundo jugara limpio,  seguro que no se lo merecerían. No son mucho mejores ni mucho peores que  la mayor parte de la gente que conocemos. ¿Por qué entonces son sus vidas  tan duras? Preguntarnos por qué sufren los justos o por qué a la gente  buena le pasan cosas malas, no supone en modo alguno limitar nuestra  preocupación al conjunto de mártires, santos y sabios, sino tratar de  comprender por qué las personas normales —nosotros y la gente que nos  rodea— tienen que soportar esas cargas tan extraordinarias de dolor y de  pena.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Cuando yo era un joven rabino y acababa de comenzar en mi profesión, fui  llamado para que tratara de ayudar a una familia que hacía frente a una  inesperada y casi insoportable tragedia. Esta pareja de mediana edad tenía  una hija única, de 19 años, que empezaba la universidad. Una mañana,  mientras desayunaban tranquilamente, recibieron la llamada telefónica de  la enfermera de la universidad:\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    —Tenemos malas noticias para ustedes. Su hija sufrió un colapso caminando  hacia la clase esta mañana. Parece que se le reventó una vena en el  cerebro. Murió antes de que pudiéramos hacer nada. Lo lamentamos  profundamente.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Confusos y desorientados, preguntaron a un vecino qué podían hacer. El  vecino llamó a la sinagoga y yo fui a visitarles el mismo día. Llegué a la  casa y me acerqué a ellos con la zozobra de no saber qué decirles o hacer  para aliviarles el dolor. Había previsto enfrentarme a un estado  traumático, de angustia, de dolor y lamentos pero no esperaba que la  primera frase que me dijeran fuera:\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    —Sabe, rabí, no ayunamos el último Yom Kippur*.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    ¿Por qué me dijeron eso? ¿Por qué esa tendencia a suponer que fueran  responsables por la tragedia? ¿Quién les   enseñó a creer en un Dios tan cruel que castigaría a una joven bella e  inteligente por la mera infracción de un rito por parte de un tercero?\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Una de las maneras que ha tenido la gente de encontrar un sentido al  sufrimiento del mundo en cada generación ha sido figurándose que merecemos  lo que recibimos, que de algún modo nuestras desgracias provienen de  castigos a nuestros pecados:\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos.  ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será  pagado. \u003ci\u003e(Isaías 3:10–11)\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    *El Yom Kippur (Día del Gran Perdón), es la más importante de las  festividades judías. Es una fiesta de arrepentimiento, ayuno y oración.  (\u003ci\u003eNota del Traductor\u003c\/i\u003e).\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Y Er, el primogénito de Judá, fue malo ante los ojos de Jehová, y le quitó  Jehová la vida. \u003ci\u003e(Génesis 38:7)\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Ninguna adversidad acontecerá al justo; Mas los impíos serán colmados de  males. \u003ci\u003e(Proverbios 12:21)\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Recapacita ahora; ¿qué inocente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido  destruidos los rectos?\u003ci\u003e (Job 4:7)\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Ésta es una actitud con la que nos encontraremos más adelante en el libro  cuando discutamos la cuestión general de la culpa. Resulta tentador creer  que a la gente, a los otros, le pasan cosas malas porque Dios es un juez  recto que da lo que cada uno merece. Creyendo esto, nuestro mundo sigue  siendo comprensible y ordenado. Así damos a la gente la mejor razón  posible para ser buenos y evitar el pecado. Y creyendo esto, mantenemos  una imagen de un Dios lleno de amor y todopoderoso, que mantiene todo bajo  control. Dada la realidad de la naturaleza humana, dado el hecho de que  ninguno de nosotros es perfecto y que cada uno puede, sin demasiada  dificultad, pensar en acciones cometidas que no debería haber hecho,  siempre podemos encontrar argumentos para justificar las desgracias que  nos pasan. Pero, ¿aporta algún consuelo dicha   respuesta? ¿Es religiosamente adecuada?\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    La pareja a la que traté de consolar, los padres que perdieron a su única  hija, de 19 años, de forma inesperada, no eran personas muy religiosas. No  eran miembros activos de la sinagoga y ni siquiera habían ayunado en Yom  Kippur, una tradición que mantienen incluso muchos judíos que no observan  los preceptos. Pero al ser acosados por la tragedia, volvieron a la  creencia básica de que Dios castiga a los hombres por sus pecados. Sentían  que su desgracia era efecto de una falta cometida por ellos mismos, que si  hubieran sido menos perezosos y soberbios y hubieran ayunado seis meses  antes en el Día del Perdón, su hija estaría viva. Estaban allí, enojados  con Dios por haberse cobrado su deuda con tanto rigor, pero se resistían a  admitir su enojo por temor a que pudiera volver a castigarles. La vida les  había doblegado pero la religión no podía consolarles, sino que les hacía  sentirse aún peor.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    La idea de que Dios da a los hombres lo que se merecen, de que nuestras  faltas ocasionan nuestras propias desgracias, es una solución atractiva y  adecuada a varios niveles, pero posee serias limitaciones. Como ya hemos  dicho, enseña a la gente a autoculparse. Lleva a que la gente odie a Dios,  aunque para ello sea preciso que se odie a sí misma. Y lo más molesto de  todo es que no se ajusta a los hechos.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Si viviéramos en otra época, y no en la era de las comunicaciones de  masas, podríamos creer en esa tesis, como antaño lo creía mucha gente  inteligente. Era más fácil creer en esa manera de ver las cosas. Bastaba  con ignorar los pocos casos de desgracias que habían tenido lugar en la  vida de la gente buena. Sin periódicos y sin televisión, sin libros de  historia, podía uno abstenerse de la muerte circunstancial de un niño o de  un vecino digno. Conocemos demasiado acerca del mundo como para poder  hacer eso hoy. ¿Cómo puede alguien que ha oído hablar de Auschwitz o de My  Lai, o que ha recorrido los pasillos de un hospital o de un asilo,  plantear como respuesta a la pregunta en torno al sufrimiento en el mundo,  la célebre cita de Isaías: “Dile al justo que nada malo le ocurrirá”? Para  creer en esto hoy, una persona debe negar los hechos que la acosan por  todos los lados o definir lo que es un \u003ci\u003ehombre justo\u003c\/i\u003e de modo que pueda  acomodarse a los hechos ineludibles. Tendríamos que llegar a definir como  hombre justo a alguien que vive largos años y bien sin importar si fue o  no honesto y bondadoso, mientras que un hombre ímprobo sería aquel que  sufre, aunque su vida pudiera ser ejemplar en otro sentido.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Una historia real: un niño de 11 años, conocido mío, tuvo que pasar un  examen rutinario de ojos en la escuela y le encontraron suficientemente  corto de vista como para usar lentes. No debería haber sido una sorpresa  para nadie. Sus padres y su hermano usaban lentes. Pero, por alguna razón,  el niño quedó muy alterado con el diagnóstico y la perspectiva de usar  lentes. Fue víctima de la depresión y no se lo contó a nadie. Una noche  que su madre le llevó   a la cama para darle las buenas noches, el asunto salió a   la luz. Una semana antes del examen óptico, había estado   hojeando una revista \u003ci\u003ePlayboy\u003c\/i\u003e con algunos amigos. Con la   sensación de que estaban haciendo algo asqueroso, se quedaron varios  minutos mirando las fotos de mujeres desnudas. Cuando, unos días después,  se examinó la vista del niño y le obligaron a llevar lentes, llegó a la  conclusión de que Dios había comenzado a castigarle y dejarle ciego por  mirar dichas fotos.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    A veces queremos encontrar un sentido a las pruebas de la vida diciéndonos  que la gente recibe lo que merece, pero sólo con el curso del tiempo. En  un momento determinado, la vida puede parecer injusta y castigar a alguien  inocente. Pero si esperamos lo suficiente descubriremos la justicia del  Plan Divino.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    En ese sentido, el Salmo 92 ensalza a Dios por el mundo maravilloso y  justo que nos ha entregado, y critica a la gente boba que encuentra  imperfecciones porque es impaciente y no da a Dios el tiempo necesario  para que vuelva notoria la vigencia de su justicia.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    \u003ci\u003e¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová!\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Muy profundos son tus pensamientos.\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    El hombre necio no sabe,\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Y el insensato no entiende esto.\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Cuando brotan los impíos como la hierba,\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Y florecen todos los que hacen iniquidad,\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Es para ser destruidos eternamente...\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    El justo florecerá como la palmera;\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Crecerá como cedro en el Líbano...\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto,\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e\u003ci\u003e    Y que en él no hay injusticia.\u003c\/i\u003e\u003cbr\u003e    (Salmo 92:5–7, 12, 15)\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    El salmista quiere explicar el mal aparente en el mundo sin comprometer la  justicia y la rectitud de Dios. Y lo hace comparando a los malvados con el  pasto y a los justos con palmeras o cedros. Si se planta hierba y  palmeras, la hierba crece primero. De tal modo, los que no saben nada  pueden pensar que la hierba crece más alto y fuerte que la palmera, ya que  crece más rápido. Pero el observador experimentado sabe que el crecimiento  rápido de la hierba es efímero, puesto que se debilitará y morirá en pocos  meses, mientras que el árbol crecerá lentamente pero llegará a ser alto,  erguido y durará más de una generación.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Del mismo modo, el salmista sugiere que la gente torpe e impaciente  compara la prosperidad de los pecadores y el sufrimiento de los virtuosos  y llega a la conclusión precipitada de que vale la pena ser deshonesto. Si  observaran durante más tiempo, descubrirían que a los deshonestos   les pasa lo mismo que a la hierba mientras la prosperidad de los justos es  lenta pero segura, así como el cedro y la palmera.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Si me encontrara con el autor del Salmo 92, ante todo   le felicitaría por haber compuesto una obra maestra de li-  teratura devocional o apologética. Le agradecería que haya dicho algo  importante y significativo sobre el mundo en el que vivimos, donde ser  deshonesto y falto de escrúpulos permite frutos prematuros pero donde a la  larga adviene la justicia. Como escribiera el rabino Milton Steinberg en  su libro \u003cb\u003eAnatomía de la fe\u003c\/b\u003e: “Considere las pautas de los asuntos humanos:  cómo la falsedad, careciendo de base, no se sostiene más que  precariamente; cómo la maldad tiende a destruirse a sí misma; cómo cada  tiranía atrae su propio fin. Compárese a la solidez y continuidad de la  virtud y de la verdad. ¿Sería tan agudo el contraste de no haber en la  naturaleza de las cosas algo que nos induce a la virtud y nos desalienta a  seguir el mal camino?”\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Debo señalar que hay mucho de deseos de que las cosas sean así en esta  teología de Steinberg. Aún cuando pudiera suscribir que los malvados no  terminan gozando de sus maldades, que la pagan de un modo u otro, no puedo  decir “Amén” a su sentencia de que los virtuosos “crecen como palmeras”.  El salmista parece querer decir que, concediéndole un tiempo razonable, el  justo alcanza y supera al malvado en el goce de la felicidad y de las  cosas buenas de la vida. ¿Cómo explica el hecho de que Dios, que  presumiblemente está al tanto del acuerdo, no siempre concede al justo el  tiempo de restablecerse? Alguna gente justa muere sin realizarse, otros  mueren después de una vida más parecida al castigo que a la recompensa. El  mundo, además, no es un sitio tan claro como nos quiere hacer creer el  salmista.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Pienso en un amigo mío que levantó un negocio con un cierto éxito tras  muchos años de arduos esfuerzos, y que terminó en la bancarrota cuando fue  estafado por un hombre en el que había confiado. Yo podría decirle que la   victoria del mal sobre el bien era sólo temporal, que él   también alcanzaría los frutos que el malvado consiguió rápida y  provisoriamente. Pero entretanto, mi amigo se siente frustrado,  abandonado, agotado; es un hombre que no es tan joven y que se ha vuelto  cada vez más cínico respecto al mundo. ¿Quién pagará los estudios de sus  hijos, quién pagará las cuentas médicas que conlleva la vejez, mientras  tarde en cumplirse el plazo que necesita Dios, según su plan, para  restablecer al virtuoso? Al margen   de cuánto me gustaría creer, con Milton Steinberg, que al final triunfará  la justicia, ¿puedo garantizar a mi amigo que vivirá lo suficiente para  sentirse reivindicado? Entiendo que no puedo compartir el optimismo del  salmista de que el virtuoso, a lo larga, crecerá como la palmera y dará   testimonio de la rectitud de Dios.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    A menudo, las víctimas de la desventura tratan de consolarse a sí mismas  con la idea de que Dios tiene sus razones para que eso les ocurra  precisamente a ellas, razones que no están en posición de juzgar. Pienso  en una mujer que conozco llamada Helen.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    El problema comenzó cuando Helen notó que se cansaba al recorrer media  manzana o al esperar en alguna fila. Lo atribuyó a que estaba envejeciendo  o engordando. Pero una noche, al volver de cenar en casa de unos amigos,  cayó de bruces al suelo en la puerta de su casa. Su marido bromeó sobre  una presunta borrachera de su mujer con tan sólo dos gotas de vino, pero  Helen sospechó que la verdadera razón de lo que había pasado no era para  bromear. A la mañana siguiente llamó al médico.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    El diagnóstico fue esclerosis múltiple. El doctor explicó que se trataba  de una enfermedad nerviosa degenerativa, y que empeoraría, quizá  rápidamente, quizá en forma gradual a lo largo de muchos años. A Helen le  sería difícil caminar sin apoyo. Eventualmente terminaría en una silla de  ruedas, perdería el control de partes de su cuerpo y se volvería  progresivamente inválida hasta el fin de sus días.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    El peor de los temores de Helen se hizo realidad. Se desvaneció en llantos  cuando escuchó aquello:\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    —¿Por qué me pasa esto a mí? Siempre he tratado de ser una buena persona.  Tengo un marido y niños que me necesitan. No me merezco esto. ¿Por qué  Dios me hace sufrir así?\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Su marido le tomó la mano y trató de consolarla:\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    —No puedes hablar así. Dios debe tener sus razones para hacer esto, y no  tenemos derecho a cuestionarlo. Debes creer que si Él quiere tu mejoría,  te sentirás mejor y si Él no quiere que sea así, deberá tener sus motivos.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Helen trató de encontrar fuerza y paz en aquellas palabras. Quería ser  consolada por el conocimiento de que debería haber algún propósito en su  sufrimiento, más allá de su capacidad de comprensión. Quería creer que en  cierto nivel tendría sentido. Toda su vida le habían enseñado   —tanto en las clases de religión como en las de ciencias— que el mundo  tenía un sentido, que todo lo que sucedía, ocurría por alguna razón.  Desesperadamente quería seguir creyendo esto, seguir creyendo que Dios era  responsable de todo lo que sucedía, porque si no era Dios, ¿quién lo  sería? Era difícil vivir con esclerosis múltiple, pero aún era más difícil  vivir con la idea de que las cosas ocurrieran sin razón, que Dios hubiera  perdido contacto con el mundo y no hubiera nadie en el asiento del  conductor.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Helen no quería cuestionar a Dios ni enojarse con Él. Pero las palabras de  su marido sólo aumentaron su confusión y su sensación de abandono. ¿Qué  clase de alto propósito o designio podría justificar aquello a lo que  debía enfrentarse? ¿Cómo podía ser bueno esto? Por más que trataba de no  enojarse con Dios no podía evitar sentirse enojada, herida, traicionada.  Helen había sido siempre una buena persona; imperfecta, sin duda, pero  honesta, trabajadora, útil, tan buena como la mayoría de la gente, y mejor  que muchas personas saludables. ¿Qué razones podía tener Dios para  portarse de esta manera? Helen no sólo sufría por la enfermedad sino que  también tenía sentimientos de culpa por estar enojada con Dios. Se sentía  sola con su miedo y su sufrimiento. Si fue Dios quien le envió esta  angustia, si por algún motivo Él quería hacerla sufrir, ¿con qué  justificación podría pedirle que la curara?\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    En 1924 el novelista Thornton Wilder intentó enfrentarse con este difícil  dilema en su novela \u003cb\u003eEl puente de San Luis Rey\u003c\/b\u003e. El autor narra que una vez  en un pequeño poblado del Perú, al romperse un puente colgante, cinco  personas cayeron al abismo donde encontraron la muerte. Un joven sacerdote  católico que se encontraba observando se afligió por lo sucedido. ¿Fue un  accidente o fue por la voluntad divina que las cinco personas debieran  morir de esta manera? Investigando la historia de sus vidas el sacerdote  llegó a una conclusión enigmática: los cinco habían resuelto recientemente  una situación problemática y estaban por entrar en una nueva fase de sus  vidas. Quizá, piensa el sacerdote, \u003ci\u003eésta era\u003c\/i\u003e la hora propicia de dejar este  mundo.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Tengo que confesar que esta respuesta no me satisface. Reemplacemos a los  cinco personajes de Wilder por doscientos cincuenta pasajeros de un avión  que se estrella. Me niego a creer que cada uno de ellos acabara de  completar una etapa importante de su vida. Las historias personales que se  publican en los periódicos después de un accidente de aviación parecen  indicar todo lo contrario: que muchas de las víctimas no habían completado  aún algún trabajo importante, que muchas de ellas dejaban familias jóvenes  y planes no realizados. En una novela donde la imaginación del autor  controla los hechos, las tragedias repentinas pueden ocurrir cuando la  acción así lo exige. Pero la experiencia me ha enseñado que en la vida  real las cosas no son tan simples.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Es probable que Thornton Wilder haya llegado a la misma conclusión. Más de  cincuenta años después de haber escrito \u003cb\u003eEl puente de San Luis Rey\u003c\/b\u003e, en otra  novela titulada \u003cb\u003eEl octavo día\u003c\/b\u003e el autor, más viejo y más sabio, volvió al  problema de por qué sufre la gente buena. El libro relata la historia de  un hombre bueno y honesto cuya vida es arruinada por la hostilidad y la  mala suerte. El hombre y su familia sufren a pesar de ser inocentes de  toda culpa y la novela no tiene un final feliz donde los héroes son  recompensados y los malvados castigados. En cambio, Wilder nos ofrece la  imagen de un hermoso tapiz que, visto de frente, nos muestra una obra de  arte intrincadamente tejida donde se unen hebras de hilo de diferentes  colores y tamaños formando un cuadro inspirador. Pero si le damos la  vuelta veremos una mezcolanza de hebras largas y cortas, algunas  uniformes, otras cortadas y anudadas, que van en distintas direcciones.  Ésta es la interpretación que Wilder nos ofrece de por qué la gente buena  sufre en la vida. Según este autor, Dios creó un modelo en el cual encajan  nuestras vidas. Este modelo exige que algunas vidas sean retorcidas,  anudadas, o cortadas, mientras otras se extienden ampliamente, no porque  una hebra sea más merecedora que otra sino porque simplemente el modelo  así lo exige. Visto desde abajo, desde el punto de vista humano, el modelo  de recompensa y castigo de Dios parece arbitrario y sin un propósito  claro, como el revés de un tapiz. Pero si lo observamos desde fuera de  esta vida, desde una perspectiva divina, cada torcimiento y cada nudo  cumple su función en un gran plan que constituye una obra de arte.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Esta suposición es muy emocionante, y me imagino que servirá de consuelo a  mucha gente. El sufrimiento inútil, el castigo por algún pecado no  especificado, es difícil de soportar; mas el sufrimiento como contribución  a una gran obra de arte diseñada por Dios mismo puede ser visto no sólo  como un peso tolerable sino hasta como un privilegio. Así pues una  desdichada víctima de la Edad Media supuestamente habría rezado: “No me  reveles el motivo de mi sufrimiento. Asegúrame solamente que sufro por ti”.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Si examinamos este enfoque con detalle veremos que también tiene sus  fallos. Porque toda su compasión se basa en buena medida en una mera  expresión de un deseo. La enfermedad de un niño inválido, la muerte de un  joven marido o de un padre de familia, la ruina de una persona inocente  por algún chisme malicioso son una realidad. Lo hemos visto. Pero nadie ha  visto el tapiz de Wilder. Todo lo que el novelista puede decir es:  “Imagine que existe un tapiz como éste”. Me cuesta aceptar soluciones  hipotéticas para problemas reales.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    ¿Podemos tomar en serio a alguien que diga que tiene fe en Adolfo Hitler o  en John Dillinger? ¿Alguien que diga que aunque no puede explicar el por  qué de sus acciones, no cree que hayan hecho lo que hicieron sin una buena  razón? Sin embargo, la gente tiende a justificar con estas mismas palabras  la muerte y las tragedias que Dios inflige a víctimas inocentes.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Es más, mi compromiso religioso con el valor supremo de la vida humana me  impide aceptar una respuesta que no se escandalice ante el dolor humano y  que incluso lo justifique porque contribuye supuestamente a un plan  general de valor estético. Si un artista, o cualquier persona, causara  sufrimiento a un niño para crear algo imponente o de valor, lo enviaríamos  a la cárcel. ¿Por qué debemos entonces disculpar a Dios por causar un  dolor no merecido, por más maravilloso que sea el producto final de su  obra?\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e    Meditando sobre lo que había sido su vida en lo que se refiere a angustia  mental y dolor físico, Helen llegó a la conclusión de que su enfermedad le  había robado la fe en Dios y en la bondad del mundo que tenía de niña.  Desafió a su familia, a sus amigos y hasta a su sacerdote, para que le  explicaran por qué algo tan terrible debía sucederle a ella, o a cualquier  otra persona. Si Dios realmente existiera, Helen decía que le odiaba, y  que también odiaba cualquier “gran plan” que le hubiera llevado a infligir  tal desdicha sobre ella.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":46304519356645,"sku":"NP9780307275295","price":15.95,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9780307275295.jpg?v=1767724321","url":"https:\/\/k12savings.com\/products\/cuando-a-la-gente-buena-le-pasan-cosas-malas-when-bad-things-happen-to-good-people-isbn-9780307275295","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}