{"product_id":"la-suma-de-los-das-the-sum-of-our-days-isbn-9780525433613","title":"La suma de los días \/ The Sum of Our Days","description":"En \u003ci\u003eLa suma de los días\u003c\/i\u003e, Isabel Allende narra con franqueza la historia de su vida y la de su peculiar familia en California, en una casa abierta, llena de gente y de personajes literarios, y protegida por un espíritu; hijas perdidas, nietos y libros que nacen, éxitos y dolores, un viaje al mundo de las adicciones y otros a lugares remotos del mundo en busca de inspiración, junto a divorcios, encuentros, amores, separaciones, crisis de pareja y reconciliaciones.\u003cbr\u003e También es una historia de amor entre un hombre y una mujer maduros, que han salvado muchos escollos sin perder ni la pasión ni el humor, y de una familia moderna, desgarrada por conflictos y unida, a pesar de todo, por el cariño y la decisión de salir adelante.\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e\u003cb\u003eENGLISH DESCRIPTION\u003cbr\u003e\u003cbr\u003eNarrated with warmth, humor, exceptional candor and wisdom,\u003ci\u003e The Sum of Our Days \u003c\/i\u003eis a portrait of   a contemporary family, tied together by the love, strong will, and stubborn   determination of a beloved matriarch, the indomitable \u003ci\u003eNew York Times\u003c\/i\u003e bestselling author of   \u003ci\u003eThe House of the Spirits\u003c\/i\u003e,   Isabel Allende.\u003c\/b\u003e\u003cbr\u003e\u003cbr\u003e \"An inspiring and thought-provoking work.\" –Denver Post  \u003cbr\u003e\u003cbr\u003e Isabel Allende reconstructs the painful reality of her own life in the wake   of the tragic death of her daughter, Paula. Narrated with warmth, humor,   exceptional candor, and wisdom, this remarkable memoir is as exuberant and as   full of life as its creator. Allende bares her soul while sharing her   thoughts on love, marriage, motherhood, spirituality and religion, infidelity,   addiction, and memory—and recounts stories of the wildly eccentric,   strong-minded, and eclectic tribe she gathers around her and lovingly   embraces as a new kind of family.Isabel Allende nació en Perú donde su padre era diplomático chileno. Vivió en Chile entre 1945 y 1975, con largas temporadas de residencia en otros lugares, en Venezuela hasta 1988 y, a partir de entonces, en California. Inició su carrera literaria en el periodismo en Chile y en Venezuela. Su primera novela, \u003ci\u003eLa casa de los espíritus\u003c\/i\u003e, se convirtió en uno de los títulos míticos de la literatura latinoamericana. A ella le siguieron otros muchos, todos los cuales han sido éxitos internacionales. Su obra ha sido traducida a treinta y cinco idiomas. En 2010, fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura de Chile, y en 2012, con el Premio Hans Christian Andersen de Literatura por su trilogía El Águila y el Jaguar.\u003cb\u003eLA MUSA CAPRICHOSA DEL AMANECER\u003cbr\u003e \u003c\/b\u003e \u003cbr\u003eNo falta drama en mi vida, me sobra material de circo para escribir, \u003cbr\u003epero de todos modos llego ansiosa al 7 de enero. Anoche no pude \u003cbr\u003edormir, nos golpeó la tormenta, el viento rugía entre los robles y \u003cbr\u003evapuleaba las ventanas de la casa, culminación del diluvio bíblico de \u003cbr\u003elas recientes semanas. Algunos barrios del condado se inundaron, los \u003cbr\u003ebomberos no dieron abasto para responder a tan soberano desastre y \u003cbr\u003elos vecinos salieron a la calle, sumergidos hasta la cintura, para salvar \u003cbr\u003elo que se pudiera del torrente. Los muebles navegaban por las ave- \u003cbr\u003enidas principales y algunas mascotas ofuscadas esperaban a sus amos \u003cbr\u003esobre los techos de los coches hundidos, mientras los reporteros cap- \u003cbr\u003etaban desde los helicópteros las escenas de este invierno de California, \u003cbr\u003eque parecía huracán en Louisiana. En algunos barrios no se pudo \u003cbr\u003ecircular durante un par de días, y cuando por fin escampó y se vio la \u003cbr\u003emagnitud del estropicio, trajeron cuadrillas de inmigrantes latinos que \u003cbr\u003ese dieron a la tarea de extraer el agua con bombas y los escombros \u003cbr\u003ea mano. Nuestra casa, encaramada en una colina, recibe de frente el \u003cbr\u003eazote del viento, que doblega las palmeras y a veces arranca de cuajo \u003cbr\u003elos árboles más orgullosos, aquellos que no inclinan la cerviz, pero \u003cbr\u003ese libra de las inundaciones. A veces, en la cúspide del vendaval, se \u003cbr\u003elevantan olas caprichosas que anegan el único camino de acceso; \u003cbr\u003eentonces, atrapados, observamos desde arriba el espectáculo inusi- \u003cbr\u003etado de la bahía enfurecida. \u003cbr\u003eMe gusta el recogimiento obligado del invierno. Vivo en el con- \u003cbr\u003edado de Marin, al norte de San Francisco, a veinte minutos del puente \u003cbr\u003edel Golden Gate, entre cerros dorados en verano y color esmeralda \u003cbr\u003een invierno, en la orilla oeste de la inmensa bahía. En un día claro \u003cbr\u003epodemos ver a lo lejos otros dos puentes, el perfil difuso de los puertos \u003cbr\u003ede Oakland y San Francisco, los pesados barcos de carga, cientos de \u003cbr\u003ebotes de vela y las gaviotas, como blancos pañuelos. En mayo apa- \u003cbr\u003erecen algunos valientes colgados de cometas multicolores, que se \u003cbr\u003edeslizan veloces sobre el agua, alterando la quietud de los abuelos \u003cbr\u003easiáticos que pasan las tardes pescando en las rocas. Desde el océa- \u003cbr\u003eno Pacífico no se ve el angosto acceso a la bahía, que amanece en- \u003cbr\u003evuelto en bruma, y los marineros de antaño pasaban de largo sin ima- \u003cbr\u003eginar el esplendor oculto un poco más adentro. Ahora esa entrada está \u003cbr\u003ecoronada por el esbelto puente del Golden Gate, con sus soberbias \u003cbr\u003etorres rojas. Agua, cielo, cerros y bosque; ése es mi paisaje. \u003cbr\u003eNo fue la ventolera del fin del mundo ni la metralla del granizo \u003cbr\u003een las tejas lo que me desveló anoche, sino la ansiedad de que ine- \u003cbr\u003evitablemente amanecería el 8 de enero. Desde hace veinticinco años, \u003cbr\u003esiempre empiezo a escribir en esta fecha, más por superstición que \u003cbr\u003epor disciplina: temo que si empiezo otro día, el libro será un fraca- \u003cbr\u003eso, y que si dejo pasar un 8 de enero sin escribir, ya no podré hacer- \u003cbr\u003elo en el resto del año. Enero llega después de unos meses sin escri- \u003cbr\u003ebir en los que he vivido volcada hacia fuera, en la bullaranga del \u003cbr\u003emundo, viajando, promoviendo libros, dando conferencias, rodeada \u003cbr\u003ede gente, hablando demasiado. Ruido y más ruido. Temo más que \u003cbr\u003enada haberme vuelto sorda, no poder oír el silencio. Sin silencio estoy \u003cbr\u003efrita. Me levanté varias veces a dar vueltas por los cuartos con diver- \u003cbr\u003esos pretextos, arropada en el viejo chaleco de cachemira de Willie, \u003cbr\u003eque he usado tanto que ya es mi segunda piel, y sucesivas tazas de \u003cbr\u003echocolate caliente en las manos, dando vueltas y más vueltas en la \u003cbr\u003ecabeza a lo que iba a escribir dentro de unas horas, hasta que el frío \u003cbr\u003eme obligaba a regresar a la cama, donde Willie, bendito sea, ronca- \u003cbr\u003eba. Atracada a su espalda desnuda, escondía los pies helados entre sus \u003cbr\u003epiernas, largas y firmes, aspirando su sorprendente olor a hombre  \u003cbr\u003ejoven, que no ha variado con el paso de los años. Nunca se despier- \u003cbr\u003eta cuando me aprieto contra él, sólo cuando me despego; está acos- \u003cbr\u003etumbrado a mi cuerpo, mi insomnio y mis pesadillas. Por mucho que \u003cbr\u003eme pasee de noche, tampoco se despierta Olivia, que duerme en un \u003cbr\u003ebanco a los pies de la cama. Nada altera el sueño de esta perra ton- \u003cbr\u003eta, ni los roedores que a veces salen de sus guaridas, ni el tufo de los \u003cbr\u003ezorrillos cuando hacen el amor, ni las ánimas que susurran en la os- \u003cbr\u003ecuridad. Si un demente armado con un hacha nos asaltara, ella sería \u003cbr\u003ela última en enterarse. Cuando llegó era una miserable bestia reco- \u003cbr\u003egida por la Sociedad Humanitaria en un basural con una pata y va- \u003cbr\u003erias costillas quebradas. Durante un mes permaneció escondida en- \u003cbr\u003etre mis zapatos en el clóset, tiritando, pero poco a poco se repuso de \u003cbr\u003elos maltratos anteriores y emergió con las orejas gachas y la cola \u003cbr\u003ehumillada. Entonces vimos que no servía de guardián: tiene el sue- \u003cbr\u003eño pesado. \u003cbr\u003ePor fin aflojó la ira de la tormenta y con la primera luz en la ven- \u003cbr\u003etana me duché y me vestí, mientras Willie, envuelto en su bata de \u003cbr\u003ejeque trasnochado, iba a la cocina. El olor del café recién molido me \u003cbr\u003ellegó como una caricia: aromaterapia. Estas rutinas de cada día nos \u003cbr\u003eunen más que los alborotos de la pasión; cuando estamos separados \u003cbr\u003ees esta danza discreta lo que más falta nos hace. Necesitamos sen- \u003cbr\u003etir al otro presente en ese espacio intangible que es sólo nuestro. Un \u003cbr\u003efrío amanecer, café con tostadas, tiempo para escribir, una perra que \u003cbr\u003emueve la cola y mi amante; la vida no puede ser mejor. Después Willie \u003cbr\u003eme dio un abrazo de despedida, porque yo partía para un viaje lar- \u003cbr\u003ego. «Buena suerte», susurró, como hace cada año en este día, y me \u003cbr\u003efui con abrigo y paraguas, bajé seis escalones, pasé bordeando la \u003cbr\u003episcina, crucé diecisiete metros de jardín y llegué a la casita donde \u003cbr\u003eescribo, mi cuchitril. Y aquí estoy ahora. \u003cbr\u003eApenas había encendido una vela, que siempre me alumbra en la \u003cbr\u003eescritura, cuando Carmen Balcells, mi agente, me llamó desde Santa \u003cbr\u003eFe de Segarra, el pueblito de cabras locas, cerca de Barcelona, donde  \u003cbr\u003enació. Allí pretende pasar sus años maduros en paz, pero, como le \u003cbr\u003esobra energía, se está comprando el pueblo casa a casa. \u003cbr\u003e—Léeme la primera frase —me exigió esta madraza. \u003cbr\u003eLe expliqué una vez más la diferencia de nueve horas entre Ca- \u003cbr\u003elifornia y España. De primera frase, nada todavía. \u003cbr\u003e—Escribe unas memorias, Isabel. \u003cbr\u003e—Ya las escribí, ¿no te acuerdas? \u003cbr\u003e—Eso fue hace trece años. \u003cbr\u003e—A mi familia no le gusta verse expuesta, Carmen. \u003cbr\u003e—Tú no te preocupes de nada. Mándame una carta de unas dos- \u003cbr\u003ecientas o trescientas páginas y yo me encargo de lo demás. Si hay que \u003cbr\u003eescoger entre contar una historia y ofender a los parientes, cualquier \u003cbr\u003eescritor profesional escoge lo primero. \u003cbr\u003e—¿Estás segura? \u003cbr\u003e—Completamente.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":48233316810981,"sku":"NP9780525433613","price":17.95,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9780525433613.jpg?v=1767731043","url":"https:\/\/k12savings.com\/es\/products\/la-suma-de-los-das-the-sum-of-our-days-isbn-9780525433613","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}