{"product_id":"la-ltima-de-las-muchachas-del-men-the-last-of-the-menu-girls-isbn-9781400034321","title":"La última de las muchachas del menú \/ The Last of the Menu Girls","description":"Rocío Esquibel pasa su niñez y su juventud en un pueblo al sur de Nuevo México con su mamá y su hermana. Ella define al vecindario por sus árboles: el Sauce, el Árbol de Chabacano y aquél que llaman el Árbol Divisorio. Rocío cree que nació en el clóset donde ella y su hermana se turnan para ver el retrato de Jesús, cuyos ojos se iluminan en la oscuridad. Pero por la noche incurre en un terreno mágico y dentro de su Cuarto Azul imaginario, ella levanta el vuelo. Al principio observa fascinada las vidas de las muchachas mayores y sus novios, pero al encontrar trabajo en el hospital local y descubrir una pasión por el drama y las historias, Rocío comienza a tomar sus propias decisiones tanto en el trabajo como en el amor.Condimentado por el sabor de los tamales y la chispa lírica de la conversación de las Esquibel, \u003ci\u003eLa última de las muchachas del menú\u003c\/i\u003e es una vibrante celebración de la cultura chicana y una historia universal sobre cómo encontrar el propio camino en el mundo.“Este libro realmente deslumbra con el calor, las tonalidades y el lenguaje del suroeste”.  –\u003ci\u003eLibrary Journal\u003c\/i\u003e “Una riqueza de textura e imágenes caracteriza la escritura de Denise Chávez…Estos cuentos ofrecen una visión clara de Nuevo México y su mundo, de las costumbres y la sabiduría de los hispanos, del estado de gracia que puede y debe ser el resultado de una vida dura”.  –\u003ci\u003eSanta Fe Reporter\u003c\/i\u003eCondimentado por el sabor de los tamales y la chispa lírica de la conversación de las Esquibel, \u003ci\u003eLa última de las muchachas del menú\u003c\/i\u003e es una vibrante celebración de la cultura chicana y una historia universal sobre cómo encontrar el propio camino en el mundo”.  “Una valiosa contribución a la literatura chicana”.  –\u003ci\u003eChoice\u003c\/i\u003e “Denise Chávez traza con sumo detalle y sinceridad emotiva las vidas de las muchachas comunes”.  –\u003ci\u003eNewsday\u003c\/i\u003eDenise Chávez es la autora de \u003cb\u003ePor el amor de Pedro Infante\u003c\/b\u003e y de \u003cb\u003eFace of an Angel\u003c\/b\u003e, mismo que recibi—\u003ci\u003e \u003c\/i\u003eel premio American Book Award. Ha sido galardonada con\u003ci\u003e \u003c\/i\u003eel premio para escritores Lila Acheson Wallace\/Reader’s Digest Fund y es la fundadora de la Feria del Libro de la Frontera\/Border Book Festival, en Las Cruces, Nuevo México, donde reside con su esposo, Daniel Zolinsky.El Juego del Sauce     Fui niña antes de que existiera el Sur. Eso fue antes de que existiera la  magia del Oeste norteamericano, la atracción del Norte o la traición del  Oeste. Para mí sólo había calle Arriba hacia la casa de los espías, junto a  la casa del Viejo W., o calle Abajo, más allá del Árbol Divisorio en el lote  baldío que era el atajo entre mundos. Abajo quedaba el pasadizo que conducía  a la familia, a la definición de un yo pequeño como parte de un todo, como  parte de un pasado. Arriba quedaba el camino al pueblo, a las flores.    Mi hermana Mercy y yo solíamos recoger flores por el vecindario para  ponerlas más tarde a los pies de Nuestra Señora, durante las largas  procesiones de fe del mes de mayo que tanto nos gustaban. Colocábamos una  tela de raso en el suelo. Nos acercábamos de una en una y le poníamos  nuestras flores encima, presas de un fervor infantil que nos dejaba sin  aliento, agudizado por el aroma desconcertante de las flores, la visión de  las flores, las flores de nuestra ofrenda. Era esa sensación beatífica de  asombro la que hacía que diéramos vueltas por el vecindario en busca de  nuevas víctimas, ya que hacía mucho que habíamos arrasado con nuestro  jardín, vacío de toda esperanza futura.    En nuestro bloque había dos lugares con flores: la casa del Viejo W. y la  casa de los Strong. El viejo W. era un griego que había trabajado para el  municipio durante muchos años y que vivía con su hija, amiga de mi hermana  mayor. El Sr. W. parecía estar siempre muy dispuesto a darnos flores; no  eran tan lindas ni tan abundantes como las de los Strong, sin embargo era  más fácil preguntarle al Viejo W.    Los Strong, un equipo conformado de un hermano y una hermana que no hacían  mucho honor a su nombre, ya que en inglés su apellido quiere decir \"Los  Fuertes\", vivían juntos en la casa más grande y suntuosa del bloque, y mi  hermana y yo nos referíamos a ellos en secreto como \"los espías\".    Un escalofrío de terror nos sobrecogía al acercarnos a su mansión. Tocábamos  el timbre y por lo general la hermana respondía a nuestra indagación  temblorosa con un \"¿Sí?\", dicho con un ceceo despiadado. Era una mujer alta,  pálida, peinada con un halo de trenza blanca y rala, y se plantaba  posesivamente a la puerta, mostrando sus piernitas de niña que calzaban  zapatos negros de agujetas.    Siempre me tocaba hacer la petición. Años después, cuando la calle se volvió  más pequeña, menos ajena, y los espías ya eran, al menos, aceptados, yo  seguía siendo la que pedía, la que suplicaba que nos dieran flores para  Nuestra Señora, la que escuchaba las voces agudas y aflautadas de los niños  cantando en éxtasis: \"\u003ci\u003eOh, María madre mía, oh, consuelo del mortal,  amparadme y llevadme, a la patria celestial\u003c\/i\u003e\".    Ese refrán flotaba más allá de los altos muros blancos de la iglesia, al  otro lado de la acequia de Main Street y hacia arriba por nuestra angosta  calle.    Siempre hubo calle Arriba y calle Abajo.    Uno siempre iba calle Abajo.    Abajo consistía de todas las casas que se encontraban más allá de mi  posición estratégica a medio camino, e incluía la casa de enfrente, donde  vivía una pareja, los Carter, y sus tres hijos pequeños, a quienes más tarde  tuve a mi cargo como niñera, niños cuyos nombres he olvidado.    Fue en esa casa donde un día quemaron una toalla sanitaria usada a modo de  ritual: una advertencia para aquellos que depositan desperdicios de forma  despreocupada y al azar, o al menos eso se podía descifrar de la mirada del  Sr. Carter mientras removía con un rastrillo el objeto desagradable entre un  montón de hojas y le prendía fuego con un gesto dramático.    Me asomé desde la trinidad de ventanas talladas en nuestra puerta de madera  principal y me pregunté a qué se debía tanta conmoción y por qué todo el  mundo parecía tan estoicamente distante, ofendido o avergonzado.    Más tarde, mientras cuidaba a los niños de los Carter, solía mirar  tristemente por su ventana ciclópea y me preguntaba por qué estaba allí y no  allá enfrente. En mi imaginación flotaba hacia Abajo, más allá del Árbol  Divisorio con su fruto verde sin semillas. Este árbol era un Naranjillo. Su  fruto carecía de utilidad, no servía para nada más que para aventarlo o  patearlo. Más allá del árbol había cinco o seis casas, casas de gente  extraña, \"los desconocidos\", los llamaba mi abuela: \"Y pos, ¿quién los  parió?\"    Desde la ventana de los Carter me imaginaba que veía nuestra casa tal como  era, el brillo de la luz del porche, los diseños pálidos de las azucenas  como una diadema que coronaba la casa de noche.    La caminata del principio al final de la calle no tomaba más de cinco o diez  minutos, dependiendo del paso o del propósito de quien caminaba. La caminata  era corta si le llevaba un recado a mi tía o iba al encuentro de papá, quien  recientemente se había divorciado de nosotros y ahora nos llamaba de vez en  cuando para permitir que lo atendiéramos. El paso bien podía ser aquel paseo  lento, sin prisas, de verano, con un helado en la mano, o ese correteo de  primavera rodeado de remolinos de polvo. Nuestra casa estaba situada a la  mitad del bloque y daba a un triángulo de árboles que se convirtieron en  tela de fondo y eje central de la historia de esta niña. El árbol más  lejano, el Árbol de Arriba, era un Árbol de Chabacano que pertenecía a todos  los niños de la vecindad.    El Árbol de Chabacano estaba en un lote baldío cerca de la casa de mi prima  Florencia, a quien siempre se le metía el jabón en las narices. Siempre  había sido una de las niñas más populares de la escuela y, aunque la  adoraba, prefería tener mi nariz y no la suya. Nuestras mamás se turnaban  para llevarnos en carro a nuestra pequeña escuela católica, junto con un  vecino a quien mi papá había apodado Priscila porque siempre se juntaba con  las niñas.    Al entrar en la casa de Florencia, en los días en que a su mamá le tocaba  llevarnos, invariablemente la encontraba agachada sobre la taza del  excusado, estornudando. Gritaba, medio moqueando, medio resoplando, \"¡Me  entró jabón en las narices!\"    La cuestión de si el Árbol de Chabacano realmente le pertenecía a Florencia  no nos quedaba clara: el árbol era de la comunidad y como tal nos era tan  familiar como nuestras caras o las de nuestras familias. Su fruto, con  frecuencia abundante, otras veces escaso, era del dominio público. Las ramas  del árbol se extendían de forma exuberante sobre una acequia cuyas  tranquilas y lodosas aguas fluían desde el Río Grande hasta nuestra pequeña  calle, desde donde eran desviadas por medio de canales que iban a dar a los  jardines traseros de todas las casas de la vecindad. El agua fértil  depositaba las futuras semillas de espárragos, malas hierbas y flores  silvestres, que luego se asentaban y formaban capas cubiertas de matas,  atravesadas por varas y piedras: vestigios jeroglíficos de turbios orígenes.    Al igual que el árbol, los niños extraíamos agradecidos un poderoso sustento  de la penetrante humedad de la acequia. El árbol resplandecía con sus  ofrendas -había chabacanos y otras cosas- compartimentos macizos, cámaras y  túneles de ensueño, escenarios de nuestros dramas. \"¡Me ahogo! ¡Me ahogo!\",  gritábamos mientras nos colgábamos de las ramas y éramos rescatados a última  hora por una mano amiga. \"¡Este es el barco y yo soy el capitán!\", nos  regocijábamos después de trascender muertes fingidas.    Pasábamos mucho tiempo en el árbol, a solas o acompañados. Todos nosotros,  Priscila, \"Jabón-en-las-narices\", los dos niños morenos calle Arriba, mi  hermana menor y yo, todos amábamos ese árbol. Con frecuencia nos  escabullíamos de unos de esos días sin tareas, sin amarras y con un \"¡Oh!\"  agudo y sorprendido saludábamos la soledad de cada quien, allí, en ese árbol  que nos estrechaba a todos.","brand":"Vintage Espanol","offers":[{"title":"Default Title","offer_id":46301559193829,"sku":"NP9781400034321","price":16.0,"currency_code":"USD","in_stock":false}],"thumbnail_url":"\/\/cdn.shopify.com\/s\/files\/1\/1842\/7735\/files\/9781400034321.jpg?v=1767731050","url":"https:\/\/k12savings.com\/es\/products\/la-ltima-de-las-muchachas-del-men-the-last-of-the-menu-girls-isbn-9781400034321","provider":"K12savings","version":"1.0","type":"link"}